"Las cuerdas de tender contra la homofobia"


Tenía 28 años. Volví a Cáceres a visitar a mis padres. Al salir a dar una vuelta y volver a la casa que me vio nacer, me encontré cerca del portal a S., me vecino del A, nosotros vivíamos en B. Marido de C., y con varios hijos que nos vimos crecer. Compartíamos tendal los dos pisos, que daban a la plazuela. S. estaba con otros dos hombres del barrio, charlando, como sheriffs, y para hacerse el guay, al ver que me acercaba al portal noté como les dijo a los otros: mira el maricón éste. Yo pasé, pero me pareció impostado y me dolió pues era mi vecino de toda la vida. Al llegar a casa, se lo comenté a mi madre, a mí me daba igual la verdad, pero mi madre es costurera y tiene muchos utensilios. Al principio se quedó callada, pero a la media hora rumiando, cogió las tijeras del costurero, salió a la terraza y cortó las cuerdas del tendedero que compartíamos con la casa de S. quedando sueltas hacia abajo! Fue su venganza. Fue una leona cuidando de su cría. Quizás estuvo un poco loca, y me arrepentí de habérselo dicho, pero me enterneció mucho. A los meses, coincidí con S. en el ascensor. Me dijo, oye Carlos, yo nunca he tenido problemas con tus padres y se le notaba arrepentido.  Le sonreí en silencio, pero para mis adentros estaba pensando: te jodes. Ahora mi madre no puede acordarse. Ella quería ser cantante de copla, y para lo único que tiene memoria son para las canciones de su época. No creo que recuerde esta historia. Pero yo sí.

Me estoy preparando para visita del Papa. Estoy oxigenando toda mi ropa blanca para que sea lo más blanca posible para ir a juego. ¿Qué detergente utilizarán en el Vaticano? Mientras se seca, camino al trabajo, veo como están construyendo las gradas en la Castellana, por cierto, más altas que la de los Reyes Magos. ¿Hasta llegar al cielo? Los metros se cerrarán, quiere que hagamos nuestros propios Caminos de Santiago personales en la ciudad. La plaza del Obradoiro serán nuestras mesas de trabajo, nuestros botafumeiros nuestros ordenadores. El milagro será que lleguemos. Reliquias repartidas por toda la Castellana: sudor, lágrimas, suelas gastadas. Como me vea pillado de tiempo, hago autostop al papamóvil. Harán conciertos en el Bernabéu ¿Alabaré a todo trapo? Me estoy preparando para la visita del Papa. El estudio donde vivo se convertirá en un confesionario. Diré para mí mismo que me siento mal porque creo que Dios no existe. Espero que me perdone. Uno de mis poetas favoritos es San Juan de la Cruz. Quiero pasar desapercibido. Me encantaría disfrazarme de oveja blanca pero temo que se descubra que soy la negra del rebaño. Me miro al espejo y sólo veo a Nietzsche. He visto una falda blanca de Zara hasta los tobillos a buen precio. Quiero estar bien vestido para la visita del Papa. Ojalá fuera creyente, tener fe, me da envidia. Pero la envidia es un pecado, y para expirarla, cargaré el juego de tuppers en la mochila como mi propia cruz.

 


Me dejé el pelo largo. Muy largo. Mi inspiración era la niña de “Del amor y otros demonios” de Gabriel García Márquez. Nada de Rapunzel. Mi corte “bob” se convirtió en “bobbbbbbbbbbbbb”. Tardé varios años hasta alcanzar este punto. Vivo en un décimo. Si un príncipe quisiera venir a rescatarme, un rapado al dos hubiera sido imposible para lo nuestro. Duermo como un gusano de seda en su capullo. Capullo sobre capullo. Si me hago un moño, tendría capacidad para acoger a todas las abejas de las Hurdes. Podría ser productor de miel si quisiera. Si me hago una permanente podría acoger a todos los pichones de los buitres del parque de Monfragüe. Si me hiciera un cardado, el ayuntamiento de Madrid me contrataría en el Retiro para aplacar las ráfagas de viento. Pero por ahora no quiero quitar el trabajo a nadie. Mi único mérito está siendo dejarme el pelo largo, muy largo. El peluquero de mi barrio está muy enfadado. Me cantea la cara al cruzarse conmigo. Pero sólo sería aquella vez. Cuando me lo vuelvo a encontrar, me acurruco en una esquina de la calle y me arropo con toda mi melena kilométrica y simulo ser un perro de aguas muy dejado. El peluquero de perros de mi barrio ha dejado de hablarme. Todo el dinero que estoy ahorrando en peluqueros lo estoy donando a una oenegé. Mi hucha tiene la forma de la cabeza de Yul Brynner. De fiesta, cuando llueve, mis amigos se refugian bajo mi pelazo. Capacidad para diez personas. No hay tiempo ni dinero para que en el Caribe, la persona que hace trenzas pueda conmigo. La mataría de agotamiento. Algunas propuestas para hacer de cinta para la meta en los maratones me han salido. Y como delimitador de espacio alrededor de obras de arte en los museos. Yo me niego, porque no tengo tiempo, porque estoy centrado en dejarme el pelo largo, muy largo.



"La gente que lee mientras anda"


Es una disciplina olímpica. Yo me cruzo con esa gente y sonrío. Para mí es como ver a un bebé riendo, me enternece y me admira. Y algunos libros pesan muchísimo. Leer los Pilares de la Tierra implica un grado más de dificultad que Memorias del subsuelo. Debería haber competiciones, como la carrera de tacones pero versión leyendo mientras andas. El otro día vi a un ejecutivo atravesando el Bernabéu lleno de otros ejecutivos en hora punta leyendo mientras andaba a Carmen Mola. Andar leyendo es no tener miedo a la muerte. Puede que sea uno de ellos. No por lo de Carmen Mola. Pero en una gran ciudad no hay tiempo, y si el libro engancha no hay manera. Por cada línea un vistazo al frente. Tomas el sol y te culturizas. La siguiente fase sería recitar mientras andas. Pero todavía no estoy tan loco. Aunque la melena de juglar la tengo. Para trayectos cortos, haikus. Para grandes avenidas, Foster Wallace. En el metro se continúa leyendo. Pero es un sitio seguro, aunque alguna vez se nos pasa una parada. Si dejaran dar vueltas mientras lees en las bibliotecas, habría más gente. Y todavía no creo tanto en los audiolibros. Demasiado fácil. Sylvia Plath y pasos de cebra, Panero y cacas de perro, Colette y fuentes, Chéjov y captadores de Oxfam. Si no te saludo por la calle no es porque sea miope (que también), es porque me pillas leyendo mientras ando. Si estáis en la otra parte y estáis a punto de chocar con alguien que anda leyendo, no os enfadéis con ellos, preguntarles qué están leyendo. Aprovechad las recomendaciones para cuando tengáis que hacer cinta en el gimnasio.

karateamén

El Día de Pentecostés el cinto que nos atábamos a la cintura era de color rojo sangre y contrastaba bellamente con el blanco pulcro de mi sotana aireada y quemada y bendecida por el sol. En Pascua el cinto era verde. Otras veces morado. Otras amarillo. Para mí era como ir a clases de kárate. En el nombre del padre del hijo del espíritu santo KIAI! Me cambiaba en una de las salas anexas al claustro con el resto de chicos y chicas. Mis contrincantes. Ellos comentaban los frescos del techo, pero yo miraba al suelo pidiéndole a Dios un tatami. Era agradable tener un momento de meditación zen a pesar de ser un niño de doce años. Yo siempre luchaba por llevar la ofrenda más original durante las misas para que todo el mundo fijase su atención en mí. La idea era que esas ofrendas tuvieran relación literal o simbólica con el sermón del día. Pero mis propuestas no encajaban. Un domingo proponía salsa soja en lugar de vino y un rollito en lugar de pan. Otro, una katana. Al siguiente, un peluche de Hello Kitty. Desarrollé más que nunca mi creatividad, y me convertí en un monaguillo maldito. En secreto, para mí, Jesucristo era Bruce Lee. Subí al púlpito que estaba coronado por una cabeza dorada de águila imperial, retiré el marcapáginas de borla plateada y pasando totalmente del “Hechos de los Apóstoles 2, 1-11” sobre Pentecostés, y ante ciento cincuenta personas de rodillas leí: "Vaciad vuestra mente. Sed amorfos, moldeables, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza. Si pones agua en una botella, se convierte en la botella... Sed agua, amigos míos". Amén.

Esta fue la primera y la última vez que hice de capuchón

Esta fue la primera y la última vez que hice de capuchón. No por nada, sino por temas logísticos. La foto es porque me habían regalado una Polaroid en la comunión. Debía tener 11 años, y la medalla colgada era de mi vecino del segundo piso que me la prestó. Mucha responsabilidad por la historia que os voy a contar. Spoiler: los milagros existen. Me había preparado fervientemente: mi madre cosió todo el total look y compré el cinto y la vela. No sé si me apetecía mucho. Yo ya era el monaguillo estrella en las misas de los domingos. Leía muy bien en el púlpito con un buen micrófono a San Pablo a los Corintios. Siempre he dicho que nunca he tenido un público tan agradecido. Salía en un procesión de tarde, de la iglesia de San Juan Bautista de Cáceres, tocayo, una preciosa iglesia del siglo 13. Había llenado mis guantes blancos de chicles y demás golosinas pica pica. Durante las subidas y las bajadas por la parte antigua de Cáceres, alimentaba mi gaznate de azúcar por debajo del capirote. El ritmo de los palos de hierro atronaban. Pero fue un momento para probar como se sentía el vestir con falda. La cuestión es que al terminar la procesión de horas, a ritmo de fuego lento, estaba muy cansado y hasta harto, y muy asfixiado por el capuchón. Me lo quité como quien se arranca una segunda piel de la cara frente a la iglesia de San Mateo y me deslicé cuesta abajo hacia mi casa, solo, durante la noche, sin sentir nada, ninguna respuesta, vacío, cuando me percaté de que había perdido la medalla que me habían prestado! Volví hacia el meollo con el corazón a mil. Recuerdo que sólo veía pies y pies, zapatos y zapatos mientras miraba al suelo. Desesperado por momentos, y dolido por los empujones mientras me abría entre la masa de cientos de personas, como quien corta maleza en la jungla, vi en un segundo de revelación, la medalla en el suelo empedrado. La agarré con fuerza y repetí el camino a casa sin saber que esta anécdota la contaría 31 años después. En ese momento creí en Dios.

Navidad Telequinesis

Era la navidad de 1986. Después de merendar, triste, en la cocina, viendo en la televisión que reposaba sobre la nevera un partido de fútbol de segunda, al apagarla, el silencio sólo se interrumpía por el sonido monótono de fondo del goteo de las cañerías del edificio. Con el último mordisco en la boca, me dirigí arrastrando las zapatillas de estar por casa, que pesaban de desasosiego, hasta el sillón de orejas de sky, y abúlico, me senté, con los pies sobre el reposapiés, los brazos sobre los reposabrazos y la mente puesta en Marta, preguntándome si realmente la amaba. Aquella tarde las luces del árbol de navidad en el salón estaban apagadas, desconectadas. Todo el apartamento estaba en penumbra. Los vecinos mudos. El mobiliario sordo. Había acordado con Marta que finalmente no pasaríamos la noche juntos. Dijo que no quería dejar a su familia sin su presencia en una noche tan especial. Que sólo nos conocíamos de una semana. Con las persianas medio bajadas, las cortinas tapando las persianas y el negro de mi visión negándolo todo, me esforcé para que en ese momento al menos todo estuviera en mute, incluyendo mis pensamientos tóxicos sobre mi amor por Marta. Conseguí que el mundo se parara. La mente en blanco, las extremidades relajadas, la respiración mullida. Quería metabolizar la rabia que sentía, borrar la ausencia, también estaba avergonzado por mi inmadurez, por ser un caprichoso y un egoísta. Todo sólo se interrumpía por la fricción de mi gato lamiéndose la pata sobre la alfombra, por el tic tac del reloj de pared, incluso por el ruido del movimiento de las plantas de interior irguiéndose hacia los únicos resquicios de luz del atardecer. Pero llamaron insistentemente y recibí un mensaje en el contestador: "Hola, soy Marta, no coges el teléfono, aun así quiero decirte que por favor no me guardes ningún rencor. He tomado una decisión. Feliz Navidad” Como si resucitara, abrí los ojos lentamente de repulsa ante el hecho de haberse roto mi intento de calma reflexiva. Sentí mucha presión en la cabeza como nunca había experimentado, las sienes se me hincharon, sentí que podía hacer pesas con mis pestañas, sentí que me atravesaba un rayo. Mi visión pasó del negro de la penumbra de mi salón al multicolor arcoiris: La lámpara de tulipas del techo comenzó a balancerase como un botafumeiro, los cajones se abrían y cerraban estruendosamente, las persianas subieron solas salvajemente, las cortinas se desplazaron agresivamente a los extremos como al inicio de una función teatral. Las lucecitas rojas, verdes, fucsias y amarillas del árbol de navidad, se encendieron vibrando agresivamente, la televisión se encendió sóla y quedó en carta de ajuste pitando con ruido blanco, la flamenca sobre ella comenzó a dar vueltas sobre sí misma desquiciada, el tapete de ganchillo del sofá salió propulsado cazando al gato. Las pinzas del tendedero interior saltaron por los aires, cayéndome la colada semimojada encima, las figuritas de doncellas de Lladró del armario cayeron hechas añicos. El cuadro gigantesco de escena de caza con ciervos huyendo de perros, se descolgó, el cenicero de suelo se movía como un péndulo. Los tomos de la enciclopedia Larousse cayeron al suelo uno por uno desde la estantería como soldaditos que caían en batalla. La cadena musical se activó cantando villancicos a todo volumen, los vinilos salieron disparados como estrellas ninja contra la pared. Ni que decir que yo estaba paralizado, extrañado con todo lo que estaba ocurriendo. Tenía la boca abierta, los ojos dados de vuelta, las orejas de soplillo, el pene como un cacahuete. Pero la rabia era mayor. Y con unos calzoncillos encajados sin secar sobre la cabeza, las manos agarradas a aquellos reposabrazos que hasta hacía un momento estaban relajados pero que ahora parecían sostener la tensión de un accidente aéreo, pude atisbar entre el agujero de la bragueta, a Marta, en el quicio de la puerta del salón, asustada o fascinada con aquellos supuestos trucos de magia

Carnavalitos

Creo que hago collages por mi madre. Cuando era pequeño, en época de carnaval, nos sentábamos en el suelo y hacíamos acopio de todas las revistas Venca y otras de patrones que había por la casa (mi madre siempre fue la mejor modista) y yo embobado, veía como con esas tijeras de costurera recortaba las páginas en pequeños trocitos como si fuera confeti. Era como alquimia.Vaciábamos el saco de los botones y los llenábamos de lo que llamábamos "carnavalitos". Nos los tirábamos por encima celebrando nuestra propia fiesta. Ese poder de utilización del papel para fines lúdicos siempre me tuvo fascinado. Y hasta hoy. Con el tiempo abrieron en frente de casa de mis padres una tienda de disfraces. Pero yo nunca cambiaría un confeti prefabricado por los carnavalitos de mi madre.

Asmr

Iba camino al banco y detrás durante toda la calle hasta el Bernabéu sentía detrás mí el sonido de lo que yo creía que eran unos tacones de 12 cms, pero al darme la vuelta, era un señor que caminaba fuerte con sus Castellanos.

Monja cruel de amor

Al despertarse todas las mañanas al alba, cuando la primera gota del rocío cae, comenzaba siempre la misma rutina gris. Encontraba paz en aquella repetición neutra que nacía, pero hasta ese día, marcado en el calendario como un veintinueve de febrero. No sintió aquel reposo ritualístico al vestirse. Incluso cuando se encajó las gafas entre las sienes palpitantes de arrepentimiento. Vio la celda de forma diferente, contradictoriamente llena, pero de cosas innecesarias. El cristo crucificado sobre el lavabo no le produjo ni compasión ni admiración, sino más bien desasosiego. La fe se disipó de un plumazo. Pensó en la madre superiora como en alguien inferior. El rosario le pesaba entre las manos como cadenas de preso, y los pasos de las demás hermanas en el pasillo hacia el desayuno le parecieron irritantes, y además sus zapatos, aburridos. Algo ardía en su interior. Conservaba un diario donde escribía todas sus interrogantes, y que guardaba debajo de la almohada, uno de los pocos sitios donde se podía esconder algo. Pero el secreto de lo que sintió ese día no estaba a la vista. Quizás sólo lo presintieron sus mejillas sonrosadas al pensar en Paco. Paco era el conserje. Lo habían contratado hace un mes porque habían robado el poco dinero que ganaban las monjas con las yemas, los merengues y los manteles bordados con motivos de palomas. La indiferencia de Paco hacia todo le aturdía, quizás fuera homosexual o los uniformes tan grises y planos de las hermanas desdibujaban tanto la figura femenina, que producía que se las viera como seres asexuados, como ángeles. Llovía tanto fuera, que deseó que se marcasen las curvas de su cuerpo pegadas contra el hábito empapado y pesado. Tocaron a la puerta, ¿sería Dios? Abrió decidida. Era Paco ensangrentado, balbuceando palabras entre las que rescató: no, ahora, te quiero, por qué, ladrones, volvieron. Lo arropó en su pecho en una escena escultórica de carne. Lo tumbó en el catre, y Paco suspiró en ese último reposo. Se le iluminaron los ojos, experimentó una felicidad novísima, nunca sentida desde la infancia, como cuando su padre le decía que le acompañaba a la juguetería a conocer las novedades en muñecas. Y durante un segundo se volvió un poco loca al pensar que en el fondo de su corazón no le importaba que Paco hubiera muerto y que sólo le importaba que por fin alguien le hubiera dicho te quiero. Ese fue el primer día de su nueva vida, sintiéndose por fin libre, cierta liberación que venía del hecho de sentirse como alguien un poco cruel.

QUIJOTE GYM

Mi monitor de pilates es como mi profesor de literatura. Forzar los abdominales es tan divertido como leer a Cervantes. Chándal y monóculo. Sudor y lupa. Dulcineas y Sanchos a mi alrededor. Jamás un hidalgo se vio en esas posiciones, sólo Rocinante. Los bomberos que se ejercitan en la otra sala son molinos. Es muy difícil sentirse pastoril mientras suena reguetón de fondo, las ovejas huirían. El metal de la armadura cruje a cada repetición como las puertas de un castillo. Todos parecen estar concentrados en sus propias guerras. Lo que sí es una locura es intentar vencer el paso del tiempo. Las canas brotan, el bigote se eriza y la aorta palpita ante la visión del horizonte de pared de espejo. Tengo pluma, tengo papel, tengo un amor, tengo un caballo, tengo libros, tengo un escudero. Hasta llegar a la taberna del gimnasio hay pasillos donde hay fuentes de agua de instituto americano. La lanza no cabe. El estandarte me sirve de toalla. (A través de la luz de la mañana se proyecta la sombra del caballero de la triste figura atravesando el hall, más tonificado).
QUÉ PAZ SIENTO EN EL LEROY MERLIN. ¿Estaré convirtiéndome en heterosexual? Esta mañana compré No más clavos y sentí una revelación tan fuerte como la de Jesucristo liberado de la cruz. Los amplios pasillos, los matrimonios de avanzada edad agarrados de la mano buscando maceteros gigantes, los empleados eficientes y serios vestidos de un verde tan irritante que me calma. La sección de lámparas para mí es como viajar a la luna y ver desde allí todos los planetas. Un hombre con rollos y rollos de tubos negros, engarzados a sus muñecas como si fueran dos pulseras gigantes. Intento ir cada día aunque sólo sea un ratito para rezar sobre las alfombras kilim, santiguarme frente a los botes XXL de pintura y abrir los grifos esmaltados en oro para simular como caería ese agua bendita. Nada de hilo musical, nada de tremendas colas para ofrecer diezmos a cambio de cables, martillos y cortinas. Leroy Merlin es mi oasis, mi resort en República Dominicana, mi templo tibetano. Mis látigos para la flagelación son de allí. ¿Es esto una terapia de conversión con olor a aguarrás?

PEDRO Y LA MEDUSA

Hacía tiempo que no veía el mar. Excitado, nada más posar mis posaderas sobre la arena, me quité la camiseta como si me peleara con ella y me incorporé bípedo hacia la orilla. Caminé tres pasos dejando atrás la espuma y las piedras que parecían joyas y dispuesto a tirarme al fondo de ese espejo como un delfín, reparé que algo azul eléctrico danzaba quieto y bamboleante frente a mí. No soy biólogo marino pero reconocí en aquella criatura fascinante y de aquel color que superaba el Klein, a una medusa. Volví a las toallas, dije: me alejo un poco para nadar, hay una medusa. Todos respondieron que me había confundido, que no podía ser, que era imposible, que llevaban yendo años a aquella playa y que nunca habían visto una. Dudé. Quizás había bebido demasiado café. Pero ante la posibilidad de ser electrocutado preferí perderme más lejos y sumergirme con la relativa tranquilidad que te puede dar una pareja jugando apasionadamente a las palas. Nadé a crol, me hice el muerto, buceé hasta que no pude más (reconozco que creo que hice también un poco de pis). De repente, alguien gritó mi nombre a lo lejos, entreabrí los ojos con dificultad, acuosos y salados, y vislumbré a un grupo de bañistas alrededor de algo sobre la arena. Fui corriendo como si fuese de mi pertenencia. Lo más rápido que te pueden permitir los cubos, los rastrillos y las palas. Aparté a los míos y a los no míos del circulo y allí estaba, blanca, blanda, apagada, pegajosa, cansada. Y me arrepentí de haber dicho algo, deseé no haber dicho nada y haberme dejado picar, haber dejado llevarme al hospital, haber estropeado mi primer baño del año, muy a pesar de que la verdad se confirmó.

"El sitio donde me siento más seguro y a gusto es en la sección de congelados del Carrefour de la calle José Abascal de Madrid"

El sitio donde me siento más seguro y a gusto es en la sección de congelados del Carrefour de la calle José Abascal de Madrid. Es exactamente el centro del súper del centro del barrio que adoro del centro de la ciudad que me acoge. Es como un ohm pero rodeado de nuggets, pizzas Doctor Oetker y san jacobos. Hay silencio en este punto y la piel se tersa por el frío. Hay días que hago peregrinaciones hasta esa localización, aunque no tenga necesidad de llenar la nevera, siempre hay una buena excusa para comprar velas, chocolates o cuchillas de afeitar. Son mis baldosas telúricas, mi tierra santa de ofertas. Unos viajan al Tíbet, otros a Santiago, otros a Jerusalén, pero yo viajo a la sección de congelados del Carrefour de la calle José Abascal de Madrid donde me siento el centro del universo.
por no olvidar la crítica de @nataliadepedroso sobre mi serie de cafeteras 😍: Juan Dando [ @juan.dando ], un artista que ha capturado la atención del público y la crítica con su enfoque innovador, presenta por primera vez en la galería su serie “Cafeteras”. Esta colección de obras de pequeño formato reinterpreta la clásica cafetera italiana mediante una amalgama de técnicas mixtas, incluyendo collage, lápices, acrílicos, rotuladores y cartas. Cada pieza, rebosante de color, se erige como un microcosmos único que invita al espectador a un viaje introspectivo y sensorial. La elección de la cafetera italiana como motivo central no es casualidad; este objeto cotidiano, emblemático de la cultura del café, se convierte en un lienzo metafórico sobre el cual Dando explora la intersección entre lo mundano y lo sublime. Al integrar referencias a obras maestras y elementos de la vida diaria, el artista difumina las fronteras entre el arte elevado y la cultura popular, cuestionando las jerarquías tradicionales del mundo artístico. El uso del collage y la superposición de materiales en estas piezas añade una dimensión táctil y estratificada, reflejando la complejidad de las experiencias humanas y la multiplicidad de perspectivas desde las cuales se puede abordar la realidad. Los colores vibrantes y el trazo decidido de Dando confieren a cada cafetera una personalidad propia, transformándolas en personajes silenciosos que narran historias . Cada obra es una ventana a un universo donde lo familiar se convierte en extraordinario, y donde el espectador es llamado a encontrar significado en los detalles más simples de la vida diaria. #arte #analisisdearte @lazonagallery

"David Lynch"

Éramos, somos, cinco hermanos. Y recuerdo que a principios de los años noventa, nos sentábamos repartidos en el sofá y los sillones junto a nuestros padres para ver Twin Peaks. Yo a veces en el suelo, con mi mantita de borreguito, jugando con algún muñeco. La anécdota en cuestión es que después de ese ritual televisivo, el drama llegó en el último capítulo, donde el asesino de Laura Palmer se descubriría. La tensión y el silencio se respiraba en el salón, se podía cortar con un cuchillo jamonero. Supongo que a mí me daba igual porque estaba entretenido con mi muñeco pero ante tanta expectación, era consciente de que un momento culminante estaba a punto de llegar. Mi padre, ante tanto mutismo postadolescente, dejó de tener interés, y decidió dos minutos antes de que se descubriera el pastel, pasar por delante de la televisión hacia la terraza a ritmo de tortuga. El roce de sus zapatos de estar por casa contra el suelo sonaron amplificados ante tal concentración. Mis hermanos gritaron, incluso creo que gritó mi muñeco también frente a ese sacrilegio. Tantos capítulos, tantos minutos gastados de tirantez se iban al garete para observar a mi padre tapando la tele con su cuerpo en esos precisos instantes. Indignado por ese paseo mundano que causó tanto revuelo, cogió el mando de la tele sigilosamente y lo escondió en uno de los bolsillos de su bata verde Lynch. Retrocedió y volvió a su sitio, y en el momento en el que se iba a descubrir el asesino de Laura Palmer apagó la tele. Las caras blancas de mis hermanos se quedaron aún más blancas. Hubo chillidos. Lamentos. Desesperación. Mi padre, sentado, obtuvo su venganza. Moraleja: nunca quejarse de que a tu padre le apetezca salir a tomar el aire en la terraza.

«YO OS DECLARO MARIDO Y EDIFICIO»

Estoy enamorado de un edificio. No es que me guste sólo arquitectónicamente, si no que también de forma sentimental, es decir, me gustaría llevármelo al cine y agarrarle de la mano. No cabría en un cine, es una mole, pero lo veo cada mañana, lo puedo ver desde la ventana. Es mi vecino de enfrente. Le guiño el ojo pero sigue impertérrito sin devolverme el guiño. Paso por debajo y lo venero. Es perfecto para mí, lo que siempre he buscado: está cuadrado, parece inteligente, sus ventanas están abiertas, tiene una azotea amueblada. Puedo ver que se relaciona con mucha gente, ejecutivos sobre todo pero yo soy otra cosa, los polos apuestos se atraen. Quiero casarme con un edificio, y tener hijos, un coche y un perro. Es tan elegante en su hall de entrada, tan bien iluminado durante la noche. Es un poco mayor que yo, veinte años por lo menos. Sus padres son dos hombres, dos arquitectos. Me gusta que venga de una familia progresista. No sé cómo decírselo. Cómo declararme. Quizás gritarle mi amor con un magnetófono, o meter en todos sus buzones cartas de amor. Si tuviéramos hijos supongo que tendríamos un pequeño estudio bohemio de vigas industriales. Si tuviera que declararme, me asomaría al exterior desde alguna de sus ventanas como en Romeo y Julieta con la diferencia de que Romeo sería la propia ventana en la que me asomaba. Habrá gente que esté enamorada de su teléfono móvil, de su bicicleta, de su coche, de sus zapatos, de su monitor de gym, pero yo lo estoy de un edificio y no quiero hacerle daño provocando un terremoto de tanta pasión.

Salón de campo (chimenea)

LA CHIMENEA es una enorme radio de mármol de frecuencias de marcos del pasado, como bolas de cristal de madera que adivinan lo que ya todos sabemos: pigmentación de caras de plata los sombreros de paja colgados como fantasmas con cabeza, insolados de verano, lacios de lazos cumpliendo otra función que no es: rellenar el vacío los jarrones que pesan sudor de manos agrietadas, con secretos dentro que los convierten en instrumentos musicales, el oro del reloj de ciervos marca berridos supersónicos: no importa las dos de la tarde {hay un cuadro dado la vuelta nadie sabe nadie pregunta es un recuerdo castigado la silla de mimbre es tan baja que a uno lo pone al nivel del fuego el fuego es más alto el fuego es un palacio} el bolígrafo ha reventado en el bolsillo del jersey de punto, es insalvable, la tinta gotea sobre la alfombra el lamparón es un poema que mancha, que no ilumina que oscurece, que no podrá salvarse de la ceniza.

Mente en blanco

veo un pulcro muro, no hay grafitis, no pienso, mi nombre es Nada, o Alejandra Pizarnik, ojalá la flecha roja a la diana negra, ni siquiera es presente el reloj, no puede medir, estoy emparedado entre lo cósmico negro del globo ocular de hielo de frente de nieve, mudo de sangre, el té se congela antes de caer al suelo, reflexión de animal, reflexión de pinchazo, flexión de mármol, el sendero es tan ancho que lo abarca todo kilómetros de profundidad en el océano, agujero pálido, casa de conejo negro, azúcar de galaxia, ni aleteo de mariposa, ni guiño, ni impulso lechoso, el tiempo es una cabeza de alfiler plateada, instante de purgatorio, instante de vírgula de eñe que desaparece, no hay ni fondo ni forma detrás de este muro blanco, instante de polinización mental inerte sobre mi vida.