Navidad Telequinesis
Era la navidad de 1986.
Después de merendar, triste, en la cocina, viendo en la televisión que reposaba sobre la nevera un partido de fútbol de segunda, al apagarla, el silencio sólo se interrumpía por el sonido monótono de fondo del goteo de las cañerías del edificio.
Con el último mordisco en la boca, me dirigí arrastrando las zapatillas de estar por casa, que pesaban de desasosiego, hasta el sillón de orejas de sky, y abúlico, me senté, con los pies sobre el reposapiés, los brazos sobre los reposabrazos y la mente puesta en Marta, preguntándome si realmente la amaba.
Aquella tarde las luces del árbol de navidad en el salón estaban apagadas, desconectadas. Todo el apartamento estaba en penumbra. Los vecinos mudos. El mobiliario sordo. Había acordado con Marta que finalmente no pasaríamos la noche juntos. Dijo que no quería dejar a su familia sin su presencia en una noche tan especial. Que sólo nos conocíamos de una semana.
Con las persianas medio bajadas, las cortinas tapando las persianas y el negro de mi visión negándolo todo, me esforcé para que en ese momento al menos todo estuviera en mute, incluyendo mis pensamientos tóxicos sobre mi amor por Marta.
Conseguí que el mundo se parara. La mente en blanco, las extremidades relajadas, la respiración mullida. Quería metabolizar la rabia que sentía, borrar la ausencia, también estaba avergonzado por mi inmadurez, por ser un caprichoso y un egoísta. Todo sólo se interrumpía por la fricción de mi gato lamiéndose la pata sobre la alfombra, por el tic tac del reloj de pared, incluso por el ruido del movimiento de las plantas de interior irguiéndose hacia los únicos resquicios de luz del atardecer.
Pero llamaron insistentemente y recibí un mensaje en el contestador:
"Hola, soy Marta, no coges el teléfono, aun así quiero decirte que por favor no me guardes ningún rencor. He tomado una decisión. Feliz Navidad”
Como si resucitara, abrí los ojos lentamente de repulsa ante el hecho de haberse roto mi intento de calma reflexiva. Sentí mucha presión en la cabeza como nunca había experimentado, las sienes se me hincharon, sentí que podía hacer pesas con mis pestañas, sentí que me atravesaba un rayo. Mi visión pasó del negro de la penumbra de mi salón al multicolor arcoiris:
La lámpara de tulipas del techo comenzó a balancerase como un botafumeiro, los cajones se abrían y cerraban estruendosamente, las persianas subieron solas salvajemente, las cortinas se desplazaron agresivamente a los extremos como al inicio de una función teatral.
Las lucecitas rojas, verdes, fucsias y amarillas del árbol de navidad, se encendieron vibrando agresivamente, la televisión se encendió sóla y quedó en carta de ajuste pitando con ruido blanco, la flamenca sobre ella comenzó a dar vueltas sobre sí misma desquiciada, el tapete de ganchillo del sofá salió propulsado cazando al gato.
Las pinzas del tendedero interior saltaron por los aires, cayéndome la colada semimojada encima, las figuritas de doncellas de Lladró del armario cayeron hechas añicos. El cuadro gigantesco de escena de caza con ciervos huyendo de perros, se descolgó, el cenicero de suelo se movía como un péndulo.
Los tomos de la enciclopedia Larousse cayeron al suelo uno por uno desde la estantería como soldaditos que caían en batalla. La cadena musical se activó cantando villancicos a todo volumen, los vinilos salieron disparados como estrellas ninja contra la pared.
Ni que decir que yo estaba paralizado, extrañado con todo lo que estaba ocurriendo. Tenía la boca abierta, los ojos dados de vuelta, las orejas de soplillo, el pene como un cacahuete. Pero la rabia era mayor.
Y con unos calzoncillos encajados sin secar sobre la cabeza, las manos agarradas a aquellos reposabrazos que hasta hacía un momento estaban relajados pero que ahora parecían sostener la tensión de un accidente aéreo, pude atisbar entre el agujero de la bragueta, a Marta, en el quicio de la puerta del salón, asustada o fascinada con aquellos supuestos trucos de magia
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario