Me estoy preparando para visita del Papa. Estoy oxigenando toda mi ropa blanca para que sea lo más blanca posible para ir a juego. ¿Qué detergente utilizarán en el Vaticano? Mientras se seca, camino al trabajo, veo como están construyendo las gradas en la Castellana, por cierto, más altas que la de los Reyes Magos. ¿Hasta llegar al cielo? Los metros se cerrarán, quiere que hagamos nuestros propios Caminos de Santiago personales en la ciudad. La plaza del Obradoiro serán nuestras mesas de trabajo, nuestros botafumeiros nuestros ordenadores. El milagro será que lleguemos. Reliquias repartidas por toda la Castellana: sudor, lágrimas, suelas gastadas. Como me vea pillado de tiempo, hago autostop al papamóvil. Harán conciertos en el Bernabéu ¿Alabaré a todo trapo? Me estoy preparando para la visita del Papa. El estudio donde vivo se convertirá en un confesionario. Diré para mí mismo que me siento mal porque creo que Dios no existe. Espero que me perdone. Uno de mis poetas favoritos es San Juan de la Cruz. Quiero pasar desapercibido. Me encantaría disfrazarme de oveja blanca pero temo que se descubra que soy la negra del rebaño. Me miro al espejo y sólo veo a Nietzsche. He visto una falda blanca de Zara hasta los tobillos a buen precio. Quiero estar bien vestido para la visita del Papa. Ojalá fuera creyente, tener fe, me da envidia. Pero la envidia es un pecado, y para expirarla, cargaré el juego de tuppers en la mochila como mi propia cruz.
Juan Dando
Me dejé el pelo largo. Muy largo. Mi inspiración era la niña de “Del amor y otros demonios” de Gabriel García Márquez. Nada de Rapunzel. Mi corte “bob” se convirtió en “bobbbbbbbbbbbbb”. Tardé varios años hasta alcanzar este punto. Vivo en un décimo. Si un príncipe quisiera venir a rescatarme, un rapado al dos hubiera sido imposible para lo nuestro. Duermo como un gusano de seda en su capullo. Capullo sobre capullo. Si me hago un moño, tendría capacidad para acoger a todas las abejas de las Hurdes. Podría ser productor de miel si quisiera. Si me hago una permanente podría acoger a todos los pichones de los buitres del parque de Monfragüe. Si me hiciera un cardado, el ayuntamiento de Madrid me contrataría en el Retiro para aplacar las ráfagas de viento. Pero por ahora no quiero quitar el trabajo a nadie. Mi único mérito está siendo dejarme el pelo largo, muy largo. El peluquero de mi barrio está muy enfadado. Me cantea la cara al cruzarse conmigo. Pero sólo sería aquella vez. Cuando me lo vuelvo a encontrar, me acurruco en una esquina de la calle y me arropo con toda mi melena kilométrica y simulo ser un perro de aguas muy dejado. El peluquero de perros de mi barrio ha dejado de hablarme. Todo el dinero que estoy ahorrando en peluqueros lo estoy donando a una oenegé. Mi hucha tiene la forma de la cabeza de Yul Brynner. De fiesta, cuando llueve, mis amigos se refugian bajo mi pelazo. Capacidad para diez personas. No hay tiempo ni dinero para que en el Caribe, la persona que hace trenzas pueda conmigo. La mataría de agotamiento. Algunas propuestas para hacer de cinta para la meta en los maratones me han salido. Y como delimitador de espacio alrededor de obras de arte en los museos. Yo me niego, porque no tengo tiempo, porque estoy centrado en dejarme el pelo largo, muy largo.
"La gente que lee mientras anda"
Es una disciplina olímpica. Yo me cruzo con esa gente y sonrío. Para mí es como ver a un bebé riendo, me enternece y me admira. Y algunos libros pesan muchísimo. Leer los Pilares de la Tierra implica un grado más de dificultad que Memorias del subsuelo. Debería haber competiciones, como la carrera de tacones pero versión leyendo mientras andas. El otro día vi a un ejecutivo atravesando el Bernabéu lleno de otros ejecutivos en hora punta leyendo mientras andaba a Carmen Mola. Andar leyendo es no tener miedo a la muerte. Puede que sea uno de ellos. No por lo de Carmen Mola. Pero en una gran ciudad no hay tiempo, y si el libro engancha no hay manera. Por cada línea un vistazo al frente. Tomas el sol y te culturizas. La siguiente fase sería recitar mientras andas. Pero todavía no estoy tan loco. Aunque la melena de juglar la tengo. Para trayectos cortos, haikus. Para grandes avenidas, Foster Wallace. En el metro se continúa leyendo. Pero es un sitio seguro, aunque alguna vez se nos pasa una parada. Si dejaran dar vueltas mientras lees en las bibliotecas, habría más gente. Y todavía no creo tanto en los audiolibros. Demasiado fácil. Sylvia Plath y pasos de cebra, Panero y cacas de perro, Colette y fuentes, Chéjov y captadores de Oxfam. Si no te saludo por la calle no es porque sea miope (que también), es porque me pillas leyendo mientras ando. Si estáis en la otra parte y estáis a punto de chocar con alguien que anda leyendo, no os enfadéis con ellos, preguntarles qué están leyendo. Aprovechad las recomendaciones para cuando tengáis que hacer cinta en el gimnasio.
karateamén
El Día de Pentecostés el cinto que nos atábamos a la cintura era de color rojo sangre y contrastaba bellamente con el blanco pulcro de mi sotana aireada y quemada y bendecida por el sol. En Pascua el cinto era verde. Otras veces morado. Otras amarillo. Para mí era como ir a clases de kárate. En el nombre del padre del hijo del espíritu santo KIAI! Me cambiaba en una de las salas anexas al claustro con el resto de chicos y chicas. Mis contrincantes. Ellos comentaban los frescos del techo, pero yo miraba al suelo pidiéndole a Dios un tatami. Era agradable tener un momento de meditación zen a pesar de ser un niño de doce años. Yo siempre luchaba por llevar la ofrenda más original durante las misas para que todo el mundo fijase su atención en mí. La idea era que esas ofrendas tuvieran relación literal o simbólica con el sermón del día. Pero mis propuestas no encajaban. Un domingo proponía salsa soja en lugar de vino y un rollito en lugar de pan. Otro, una katana. Al siguiente, un peluche de Hello Kitty. Desarrollé más que nunca mi creatividad, y me convertí en un monaguillo maldito. En secreto, para mí, Jesucristo era Bruce Lee. Subí al púlpito que estaba coronado por una cabeza dorada de águila imperial, retiré el marcapáginas de borla plateada y pasando totalmente del “Hechos de los Apóstoles 2, 1-11” sobre Pentecostés, y ante ciento cincuenta personas de rodillas leí: "Vaciad vuestra mente. Sed amorfos, moldeables, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza. Si pones agua en una botella, se convierte en la botella... Sed agua, amigos míos". Amén.



