Collages d’eau [par Juan Dando]
https://revuearchimou.wordpress.com/2020/09/09/collages-deau-microfiction/
Igor era un hombre lo que se dice reputado. Adorado y respetado en el mundo científico. Admirado por su familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, portero, portera, perritos, gatos callejeros, mimos, monjas, ladrones y espectros.
Pero ese día, desde el inicio de la masterclass que impartía, ante cientos de personas, en ese recinto cerrado, él, sobre el escenario a oscuras, con un foco apuntando a su cuerpo, tenía la bragueta del pantalón abierta.
Pensó que las risas del público desde el primer momento se referían al entusiasmo generalizado por verle de forma casi íntima en aquella ciudad. A una pareja de psicoanalistas que estaban en primera fila les encantó aquella imagen. Una pareja de sastres que estaban en tercera fila pensaron que esa cremallera no estaba bien rematada.
Nadie atendía a las palabras amplificadas de Igor. Sólo podían centrar su mirada en la bragueta abierta, en ese detalle de negligé destartalado en un señor tan importante. Paseando de un lado a otro del escenario aquel supuesto agujero negro, hiper iluminado, donde para más inri, se intuía el estampado de unos calzoncillos de Bob Esponja.
Los organizadores del evento no imaginaron que iba a estar esponsorizado por Intimissimi uomo.
Igor dio su charla, entre las sonrisas nerviosas, carraspeos cómplices, suspiros desesperados o silbidos irónicos de los asistentes. ¿Cómo interrumpir a aquella eminencia, en aquella situación de excelencia máxima, con un comentario tan común de autocuidado estético que se haría a cualquier mortal?
Igor era un hombre de mediana edad, sea lo que sea que sea esa edad, y tenía mucho éxito entre las féminas.
Durante el cocktail posterior a la exposición, todo el mundo le felicitó por su "naturalidad". Intentaron sacar el tema de Bob Esponja tras hablar sobre la teoría de cuerdas.
Igor, apoyado sobre la barra del bar, en posición campechana y desenfadada, continuaba con la bragueta abierta. ¿No le entraba el frío del aire acondicionado por allí? ¿Tan insensible era? ¿Un hombre de ciencia se mostraba tan impasible ante semejantes corrientes?
De lejos, entre la muchedumbre de la pista, la que era la catedrática ponente que habló sobre literatura medieval después de él, y a la que había ignorado en el programa, tanto en papel como en digital, le llamó la atención.
Bailaba, ausente del hecho de que tenía el extremo de la falda enganchada en la cintura, después de ir al baño tras muchas copitas de agua Evian, dejando media pantorrilla trasera desnuda y un trozo de ropa interior con estampado de Hello Kitty.
No pudo evitar sentirse atraído por ella, ¿cómo alguien tan inteligente podría no darse cuenta de semejante situación?
Y pensó que era algo enternecedor.
A través de las luces estroboscópicas se miraron a los ojos y a otras partes de sus anatomías que no identificaron el porqué.
Se sonrieron e Igor sintió que era lo más probable que empezase una historia de amor.
Igor pensó: es guapa, y es mucho más ridículo llevar un birrete de rector de universidad.
expo cafeteras 2026 (LAZONAGALLERY)
Tenía 28 años. Volví a Cáceres a visitar a mis padres. Al salir a dar una vuelta y volver a la casa que me vio nacer, me encontré cerca del portal a S., me vecino del A, nosotros vivíamos en B. Marido de C., y con varios hijos que nos vimos crecer. Compartíamos tendal los dos pisos, que daban a la plazuela. S. estaba con otros dos hombres del barrio, charlando, como sheriffs, y para hacerse el guay, al ver que me acercaba al portal noté como les dijo a los otros: mira el maricón éste. Yo pasé, pero me pareció impostado y me dolió pues era mi vecino de toda la vida. Al llegar a casa, se lo comenté a mi madre, a mí me daba igual la verdad, pero mi madre es costurera y tiene muchos utensilios. Al principio se quedó callada, pero a la media hora rumiando, cogió las tijeras del costurero, salió a la terraza y cortó las cuerdas del tendedero que compartíamos con la casa de S. quedando sueltas hacia abajo! Fue su venganza. Fue una leona cuidando de su cría. Quizás estuvo un poco loca, y me arrepentí de habérselo dicho, pero me enterneció mucho. A los meses, coincidí con S. en el ascensor. Me dijo, oye Carlos, yo nunca he tenido problemas con tus padres y se le notaba arrepentido. Le sonreí en silencio, pero para mis adentros estaba pensando: te jodes. Ahora mi madre no puede acordarse. Ella quería ser cantante de copla, y para lo único que tiene memoria son para las canciones de su época. No creo que recuerde esta historia. Pero yo sí.
Me estoy preparando para visita del Papa. Estoy oxigenando toda mi ropa blanca para que sea lo más blanca posible para ir a juego. ¿Qué detergente utilizarán en el Vaticano? Mientras se seca, camino al trabajo, veo como están construyendo las gradas en la Castellana, por cierto, más altas que la de los Reyes Magos. ¿Hasta llegar al cielo? Los metros se cerrarán, quiere que hagamos nuestros propios Caminos de Santiago personales en la ciudad. La plaza del Obradoiro serán nuestras mesas de trabajo, nuestros botafumeiros nuestros ordenadores. El milagro será que lleguemos. Reliquias repartidas por toda la Castellana: sudor, lágrimas, suelas gastadas. Como me vea pillado de tiempo, hago autostop al papamóvil. Harán conciertos en el Bernabéu ¿Alabaré a todo trapo? Me estoy preparando para la visita del Papa. El estudio donde vivo se convertirá en un confesionario. Diré para mí mismo que me siento mal porque creo que Dios no existe. Espero que me perdone. Uno de mis poetas favoritos es San Juan de la Cruz. Quiero pasar desapercibido. Me encantaría disfrazarme de oveja blanca pero temo que se descubra que soy la negra del rebaño. Me miro al espejo y sólo veo a Nietzsche. He visto una falda blanca de Zara hasta los tobillos a buen precio. Quiero estar bien vestido para la visita del Papa. Ojalá fuera creyente, tener fe, me da envidia. Pero la envidia es un pecado, y para expirarla, cargaré el juego de tuppers en la mochila como mi propia cruz.
Es una disciplina olímpica. Yo me cruzo con esa gente y sonrío. Para mí es como ver a un bebé riendo, me enternece y me admira. Y algunos libros pesan muchísimo. Leer los Pilares de la Tierra implica un grado más de dificultad que Memorias del subsuelo. Debería haber competiciones, como la carrera de tacones pero versión leyendo mientras andas. El otro día vi a un ejecutivo atravesando el Bernabéu lleno de otros ejecutivos en hora punta leyendo mientras andaba a Carmen Mola. Andar leyendo es no tener miedo a la muerte. Puede que sea uno de ellos. No por lo de Carmen Mola. Pero en una gran ciudad no hay tiempo, y si el libro engancha no hay manera. Por cada línea un vistazo al frente. Tomas el sol y te culturizas. La siguiente fase sería recitar mientras andas. Pero todavía no estoy tan loco. Aunque la melena de juglar la tengo. Para trayectos cortos, haikus. Para grandes avenidas, Foster Wallace. En el metro se continúa leyendo. Pero es un sitio seguro, aunque alguna vez se nos pasa una parada. Si dejaran dar vueltas mientras lees en las bibliotecas, habría más gente. Y todavía no creo tanto en los audiolibros. Demasiado fácil. Sylvia Plath y pasos de cebra, Panero y cacas de perro, Colette y fuentes, Chéjov y captadores de Oxfam. Si no te saludo por la calle no es porque sea miope (que también), es porque me pillas leyendo mientras ando. Si estáis en la otra parte y estáis a punto de chocar con alguien que anda leyendo, no os enfadéis con ellos, preguntarles qué están leyendo. Aprovechad las recomendaciones para cuando tengáis que hacer cinta en el gimnasio.
El Día de Pentecostés el cinto que nos atábamos a la cintura era de color rojo sangre y contrastaba bellamente con el blanco pulcro de mi sotana aireada y quemada y bendecida por el sol. En Pascua el cinto era verde. Otras veces morado. Otras amarillo. Para mí era como ir a clases de kárate. En el nombre del padre del hijo del espíritu santo KIAI! Me cambiaba en una de las salas anexas al claustro con el resto de chicos y chicas. Mis contrincantes. Ellos comentaban los frescos del techo, pero yo miraba al suelo pidiéndole a Dios un tatami. Era agradable tener un momento de meditación zen a pesar de ser un niño de doce años. Yo siempre luchaba por llevar la ofrenda más original durante las misas para que todo el mundo fijase su atención en mí. La idea era que esas ofrendas tuvieran relación literal o simbólica con el sermón del día. Pero mis propuestas no encajaban. Un domingo proponía salsa soja en lugar de vino y un rollito en lugar de pan. Otro, una katana. Al siguiente, un peluche de Hello Kitty. Desarrollé más que nunca mi creatividad, y me convertí en un monaguillo maldito. En secreto, para mí, Jesucristo era Bruce Lee. Subí al púlpito que estaba coronado por una cabeza dorada de águila imperial, retiré el marcapáginas de borla plateada y pasando totalmente del “Hechos de los Apóstoles 2, 1-11” sobre Pentecostés, y ante ciento cincuenta personas de rodillas leí: "Vaciad vuestra mente. Sed amorfos, moldeables, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza. Si pones agua en una botella, se convierte en la botella... Sed agua, amigos míos". Amén.