Es una disciplina olímpica. Yo me cruzo con esa gente y sonrío. Para mí es como ver a un bebé riendo, me enternece y me admira. Y algunos libros pesan muchísimo. Leer los Pilares de la Tierra implica un grado más de dificultad que Memorias del subsuelo. Debería haber competiciones, como la carrera de tacones pero versión leyendo mientras andas. El otro día vi a un ejecutivo atravesando el Bernabéu lleno de otros ejecutivos en hora punta leyendo mientras andaba a Carmen Mola. Andar leyendo es no tener miedo a la muerte. Puede que sea uno de ellos. No por lo de Carmen Mola. Pero en una gran ciudad no hay tiempo, y si el libro engancha no hay manera. Por cada línea un vistazo al frente. Tomas el sol y te culturizas. La siguiente fase sería recitar mientras andas. Pero todavía no estoy tan loco. Aunque la melena de juglar la tengo. Para trayectos cortos, haikus. Para grandes avenidas, Foster Wallace. En el metro se continúa leyendo. Pero es un sitio seguro, aunque alguna vez se nos pasa una parada. Si dejaran dar vueltas mientras lees en las bibliotecas, habría más gente. Y todavía no creo tanto en los audiolibros. Demasiado fácil. Sylvia Plath y pasos de cebra, Panero y cacas de perro, Colette y fuentes, Chéjov y captadores de Oxfam. Si no te saludo por la calle no es porque sea miope (que también), es porque me pillas leyendo mientras ando. Si estáis en la otra parte y estáis a punto de chocar con alguien que anda leyendo, no os enfadéis con ellos, preguntarles qué están leyendo. Aprovechad las recomendaciones para cuando tengáis que hacer cinta en el gimnasio.
Juan Dando
karateamén
El Día de Pentecostés el cinto que nos atábamos a la cintura era de color rojo sangre y contrastaba bellamente con el blanco pulcro de mi sotana aireada y quemada y bendecida por el sol. En Pascua el cinto era verde. Otras veces morado. Otras amarillo. Para mí era como ir a clases de kárate. En el nombre del padre del hijo del espíritu santo KIAI! Me cambiaba en una de las salas anexas al claustro con el resto de chicos y chicas. Mis contrincantes. Ellos comentaban los frescos del techo, pero yo miraba al suelo pidiéndole a Dios un tatami. Era agradable tener un momento de meditación zen a pesar de ser un niño de doce años. Yo siempre luchaba por llevar la ofrenda más original durante las misas para que todo el mundo fijase su atención en mí. La idea era que esas ofrendas tuvieran relación literal o simbólica con el sermón del día. Pero mis propuestas no encajaban. Un domingo proponía salsa soja en lugar de vino y un rollito en lugar de pan. Otro, una katana. Al siguiente, un peluche de Hello Kitty. Desarrollé más que nunca mi creatividad, y me convertí en un monaguillo maldito. En secreto, para mí, Jesucristo era Bruce Lee. Subí al púlpito que estaba coronado por una cabeza dorada de águila imperial, retiré el marcapáginas de borla plateada y pasando totalmente del “Hechos de los Apóstoles 2, 1-11” sobre Pentecostés, y ante ciento cincuenta personas de rodillas leí: "Vaciad vuestra mente. Sed amorfos, moldeables, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza. Si pones agua en una botella, se convierte en la botella... Sed agua, amigos míos". Amén.



