Me dejé el pelo largo. Muy largo. Mi inspiración era la niña de “Del amor y otros demonios” de Gabriel García Márquez. Nada de Rapunzel. Mi corte “bob” se convirtió en “bobbbbbbbbbbbbb”. Tardé varios años hasta alcanzar este punto. Vivo en un décimo. Si un príncipe quisiera venir a rescatarme, un rapado al dos hubiera sido imposible para lo nuestro. Duermo como un gusano de seda en su capullo. Capullo sobre capullo. Si me hago un moño, tendría capacidad para acoger a todas las abejas de las Hurdes. Podría ser productor de miel si quisiera. Si me hago una permanente podría acoger a todos los pichones de los buitres del parque de Monfragüe. Si me hiciera un cardado, el ayuntamiento de Madrid me contrataría en el Retiro para aplacar las ráfagas de viento. Pero por ahora no quiero quitar el trabajo a nadie. Mi único mérito está siendo dejarme el pelo largo, muy largo. El peluquero de mi barrio está muy enfadado. Me cantea la cara al cruzarse conmigo. Pero sólo sería aquella vez. Cuando me lo vuelvo a encontrar, me acurruco en una esquina de la calle y me arropo con toda mi melena kilométrica y simulo ser un perro de aguas muy dejado. El peluquero de perros de mi barrio ha dejado de hablarme. Todo el dinero que estoy ahorrando en peluqueros lo estoy donando a una oenegé. Mi hucha tiene la forma de la cabeza de Yul Brynner. De fiesta, cuando llueve, mis amigos se refugian bajo mi pelazo. Capacidad para diez personas. No hay tiempo ni dinero para que en el Caribe, la persona que hace trenzas pueda conmigo. La mataría de agotamiento. Algunas propuestas para hacer de cinta para la meta en los maratones me han salido. Y como delimitador de espacio alrededor de obras de arte en los museos. Yo me niego, porque no tengo tiempo, porque estoy centrado en dejarme el pelo largo, muy largo.



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