El Día de Pentecostés el cinto que nos atábamos a la cintura era de color rojo sangre y contrastaba bellamente con el blanco pulcro de mi sotana aireada y quemada y bendecida por el sol. En Pascua el cinto era verde. Otras veces morado. Otras amarillo. Para mí era como ir a clases de kárate. En el nombre del padre del hijo del espíritu santo KIAI! Me cambiaba en una de las salas anexas al claustro con el resto de chicos y chicas. Mis contrincantes. Ellos comentaban los frescos del techo, pero yo miraba al suelo pidiéndole a Dios un tatami. Era agradable tener un momento de meditación zen a pesar de ser un niño de doce años. Yo siempre luchaba por llevar la ofrenda más original durante las misas para que todo el mundo fijase su atención en mí. La idea era que esas ofrendas tuvieran relación literal o simbólica con el sermón del día. Pero mis propuestas no encajaban. Un domingo proponía salsa soja en lugar de vino y un rollito en lugar de pan. Otro, una katana. Al siguiente, un peluche de Hello Kitty. Desarrollé más que nunca mi creatividad, y me convertí en un monaguillo maldito. En secreto, para mí, Jesucristo era Bruce Lee. Subí al púlpito que estaba coronado por una cabeza dorada de águila imperial, retiré el marcapáginas de borla plateada y pasando totalmente del “Hechos de los Apóstoles 2, 1-11” sobre Pentecostés, y ante ciento cincuenta personas de rodillas leí: "Vaciad vuestra mente. Sed amorfos, moldeables, como el agua. Si pones agua en una taza, se convierte en la taza. Si pones agua en una botella, se convierte en la botella... Sed agua, amigos míos". Amén.
Esta fue la primera y la última vez que hice de capuchón
Esta fue la primera y la última vez que hice de capuchón. No por nada, sino por temas logísticos. La foto es porque me habían regalado una Polaroid en la comunión. Debía tener 11 años, y la medalla colgada era de mi vecino del segundo piso que me la prestó. Mucha responsabilidad por la historia que os voy a contar. Spoiler: los milagros existen. Me había preparado fervientemente: mi madre cosió todo el total look y compré el cinto y la vela. No sé si me apetecía mucho. Yo ya era el monaguillo estrella en las misas de los domingos. Leía muy bien en el púlpito con un buen micrófono a San Pablo a los Corintios. Siempre he dicho que nunca he tenido un público tan agradecido. Salía en un procesión de tarde, de la iglesia de San Juan Bautista de Cáceres, tocayo, una preciosa iglesia del siglo 13. Había llenado mis guantes blancos de chicles y demás golosinas pica pica. Durante las subidas y las bajadas por la parte antigua de Cáceres, alimentaba mi gaznate de azúcar por debajo del capirote. El ritmo de los palos de hierro atronaban. Pero fue un momento para probar como se sentía el vestir con falda. La cuestión es que al terminar la procesión de horas, a ritmo de fuego lento, estaba muy cansado y hasta harto, y muy asfixiado por el capuchón. Me lo quité como quien se arranca una segunda piel de la cara frente a la iglesia de San Mateo y me deslicé cuesta abajo hacia mi casa, solo, durante la noche, sin sentir nada, ninguna respuesta, vacío, cuando me percaté de que había perdido la medalla que me habían prestado! Volví hacia el meollo con el corazón a mil. Recuerdo que sólo veía pies y pies, zapatos y zapatos mientras miraba al suelo. Desesperado por momentos, y dolido por los empujones mientras me abría entre la masa de cientos de personas, como quien corta maleza en la jungla, vi en un segundo de revelación, la medalla en el suelo empedrado. La agarré con fuerza y repetí el camino a casa sin saber que esta anécdota la contaría 31 años después. En ese momento creí en Dios.
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