"San Juan de la Cruz rocks"

Al despertar, con una cinta de confeti pegada en la cara, en lo primero que pensé fue en San Juan de la Cruz. No pensé en nadie más. Ni siquiera pensaba en mí. Reventé un globo con el pie descalzo al salir de la cama. Me asomé por la ventanita con aire vago, para mirar al cielo e intentar dilucidar que tiempo haría ese día. En mi cabeza era todavía de noche. Supuse que haría sol, era Sevilla, pero justo en ese momento comenzó a chispear y luego, a llover con más fuerza. Aproveché para mojar mi pelo y mi cara, e intentar salir de aquel estado de aletargamiento renacentista. Un gorro de papel en forma de cono cayó al patio. Salí a la calle sin paraguas. La zona donde me encontré era peatonal, pero a mí me parecía estar saltando entre tejados. Me dirigí a la Iglesia del Santo Ángel, en calle Rioja. Llegué allí como por intuición, sin necesidad de mapas, consultando sólo las líneas de mi mano. Estornudé sin querer sobre unas estampas. Creo que intenté beber el agua bendita con una pajita. Las velas rojas hacían un efecto de bola de discoteca. Goteando, me planté ante la imagen de San Juan de la Cruz. Me puse de rodillas, agotado, y a la cabeza se me vino la subida al Monte Carmelo. ¿Podría yo llegar a la unión perfecta con Dios comunicándome a través de un matasuegras?

Orejas

Sentía las orejas rojas apoyadas en las orejas del sillón de orejas después de haber estado tumbado en la hamaca al sol. Los lóbulos me ardían. Tendría que posponer el hacerme el agujero para el pendiente, quizás en forma de cruz. Así al menos podría pensar si finalmente me lo haría en la izquierda o en la derecha.
Lo peor era que era mi cumpleaños. Y siempre habría alguna vecina, tía o sobrino que se ensañaba. Todo fue culpa de ese maldito suplemento sobre piscinas. Lo doblé, lo planté sobre mi cara para taparla cara al sol. Pero las orejas quedaron al aire. Dormí como un lirón. Todo el mundo comenzó a llamar por teléfono. Mandaban mensajes. Yo conectaba el manos libres y frente al espejo del baño hacía muecas de incomodidad mientras les susurraba: Gracias... Bien... No hace falta... 36... quizás... La salud es lo más importante... Pero el dinero ayuda... Recordé como una mañana desperté con un pequeño círculo violáceo en la frente, exactamente entre los dos ojos, y no había sido tanta mi extrañeza. Mi hermano estaba preparando una fiesta sorpresa. Se encontraba haciendo las compras. El calor martilleaba mi martillo. Comenzaban a ganar volumen los cartílagos. Siempre habían sido como de Buda pero ahora eran de elefante. Preparé un cóctel, muy refrescante. Me coloqué las cubiteras en cada una de ellas y fijé mi mirada en una reproducción de La Noche estrellada de Van Gogh. Goteaba. Mandé un mensaje a mi hermano: Querido Teo, no me encuentro bien. Mis orejas no están calmadas ni suficientemente hidratadas, dan ganas de cortármelas. Metí la cabeza en la pecera y los peces payaso sigilosamente se acercaban a mis orejas como si fueran conocidos. Mientras contenía la respiración recordé que mi amigo G. iba a regalarme unos auriculares de última generación. ¡Sólo quería dormir! Y que alguien con las manos frías y el corazón caliente me cubriera las sienes. Al abrirse la puerta, mis orejas estaban tan rojas como las rosas del ramo. Las abejas querrían polinizarme. La casa se llenó de amigos, familiares y compañeros de trabajo. No sé que grado de quemaduras tendría, de cadena perpetua. Al grito unísono de feliz cumpleaños, tuve que tapármelas (también porque cantaban regular) y fue un alivio. Continuaron los cánticos y demás consignas sobre lo excelente que era, que siempre lo sería, que reinase la paz en mi día... El confeti multicolor se había adherido a mis orejas, cubriéndolas por completo. Agarré a mi hermano Teo por el brazo, lo arrastré hasta la cocina y le dije: pasado tendré las orejas más bronceadas de toda la oficina, pero ahora llévame a urgencias.

¿Cuántos botones desabrochados del pijama me quieres?
¿Cuántos guisantes fuera de las vainas?
¿Cuántas burbujas explotadas del plástico?
¿Cuántas ristras de ajos?
¿Cuántos sorbos de sopa?
¿Cuántas entradas en el ladrón?
¿Cuántas ventanas abiertas en la pantalla me quieres?
Yo te quiero todas las gotas de esta nube gris.
Yo te quiero todos los granos de arena de este castillo.
¿Cuántos imanes en el frigorífico me quieres?.
¿Cuántos fotos delante de las Torres KIO?
¿Cuántas reproducciones de cuadros de Van Gogh?
¿Cuántas cañas me quieres?
Yo te quiero una iglesia, una selva, un iceberg.
¿Cuántas duchas de agua fría me quieres?

Un secreto LITERARIO

Un secreto puede contener una buena historia desaprovechada para el público. Un secreto se convierte automáticamente en una historia interesante para contar sólo por el hecho de que nunca saldrá a la luz. El relato del secreto lo conoce quien lo ha vivido, quien lo retiene muy a su pesar, en la privacidad de la noche. Una mordaza a un buen cuento basado en hechos reales entregado al editor de la discreción y la sensatez. Existen cientos de ocultas narraciones geniales, encantadoramente rocambolescas, que superan a las que podemos leer abiertamente. El secreto que tiene uno, el desarrollo de unos acontecimientos que fascina al que lo posee, se convierte en una joya encerrada en un envoltorio que no se abrirá nunca. Muchos tendrán la necesidad de querer exhibirla, tanto en la recepción del palacio de un tomo de cien páginas como en la plaza pública de un recital. Uno no quiere humillar al redactarlo o al recitarlo, al contrario, el relato secreto será bueno en cuanto a historia original y circunspecta. Puede fijarse por escrito por ejemplo en un diario. Así no se temerá olvidarlo. Se puede guardar bajo tierra a espera de ser encontrado. Firmar como anónimo o con pseudónimo. El paso del tiempo puede modificar para mejor o peor el cómo ocurrió lo que acabó convirtiéndose en un secreto, ésto afecta sobre todo a los detalles más pequeños del incidente y que en la mayor parte de los casos son determinantes. La calidad del secreto literario exige veracidad. La realidad supera a la ficción dicen. Pero ¿de qué sirve un secreto que es una ficción? La realidad del secreto, el encorsetamiento de la boca tapada y las manos atadas son hechos destinados al silencio y al disfrute del que lo carga como un irrestible destino cumplido. Uno es el autor de su propio secreto. Además siempre será el personaje principal puesto que es el único que puede describir una crónica fiel. Cuando uno muera ya no le importará que se descubra por fin una anécdota que no se pudo confesar estando vivo.

I.

Madame Neuville dejó caer el anillo de oro dentro de la copa de champán. Después de brindar no contuvo la efusividad y al sorber pasionalmente sus deseos comenzó a no poder respirar. El anillo, proveniente de su tatatatattaatatatarabuela, se deslizó tambaleante por su fina garganta y llegó al estómago. Madame Neuville dejó de exhibir muestras de ahogo y continuó bebiendo hasta acabar la botella. El gato negro de Monsieur Labadite, atado con correa de cuero de Fez, consiguió desprenderse de ella y saltó como una liebre hasta el sofá. Allí se acurrucó sobre el cojín de clavos perteneciente al fakir que se había contratado para amenizar la reunión. Cualquer cosa, pensó, era más cómoda que estar privado de su libertad de movimiento. El fakir en cuestión no era persa, ni indio, ni fakir. Baba Baba Malik necesitaba algo de dinero. Su sueño era comprar un Saab 92, lo más mullido posible o un Ford T, para poder pasear a su novia entre algodones. El menú continuaba sirviéndose en el salón pero se esperaba con expectación a que Baba degustase su primer plato: una antorcha.

II.

El menú continuaba sirviéndose en el salón pero se esperaba con expectación a que Baba degustase su primer plato: una antorcha. Pero a él le apetecía comer ostras. En una esquina del salón se superponían cuatro o cinco damiselas que lo fusilaban con la miraba por encima de sus abanicos. Asistían al encuentro llevadas por el morbo de ver a un hombre tragarse una antorcha sin aliñar. Baba tenía la bola de fuego a diez centímetros de su barba (falsa). Se puso de perfil frente al público, simuló que introducía la antorcha poco a poco en su boca. Por el calor, el pegamento que la sujetaba a la piel de su cara se deshizo y el amasijo de pelo cayó al suelo descubriendo una tez pálida, un mal rasurado en la perilla. Las damiselas se avalanzaron sobre ella como si fuera una ramo de novia. La mentira que escondía tras su personaje fue suficiente para que se apiadaran de él. Madame Neuville ordenó que se le sirviesen doce ostras completamente cerradas. La audiencia disfrutaba con el hecho de que no pudiera abrirlas. Reían y aplaudían. El fakir habría preferido la humillación de haberse abrasado.

III.

Monsieur Ājar estuvo haciendo un terrible esfuerzo para no levantar el dedo meñique al sostener la taza de té, pero no lo consiguió. La casualidad salvó la falta de protocolo cuando un colibrí se posó sobre el dedo batiendo sus alas. Madame Neuville, asombrada, pensó que quería sorprenderla con el poder que ejercía sobre las aves. Monsieur Ājar no se había dado cuenta de que estaba envuelto levemente por una pátina de migas de pan, sólo visible para pájaros hambrientos. Había tenido un encuentro con la panadera hacía una hora. El loro de Madame Neuville, Pierrot, vociferaba la lista de los veinte franceses y francesas guillotinados más elegantes. Una gaviota, chocó contra la ventana, y debido al susto, las tazas vibraron y se vertieron sobre sus atuendos brocados. Hacía frío en el salón y no les importó lo más mínimo. Ājar, morado por la vergüenza y por lo rocambolesco del asunto, salió del paso interesado en leer el futuro de Madame Neuville a través de las manchas de té sobre su corsé. Simulando estar en trance, con los ojos en forma de macarons, el destino le estaba diciendo que él mismo heredaría su fortuna, puesto que las gotas en forma de cerezas así lo corroboraban. La condesa, frunciendo el ceño, le advirtió: liberaría a Pierrot de su jaula y según se comportase con él, quizás, tomaría en cuenta esa posibilidad. Al abrir la puerta de la jaula, el loro, el oráculo de plumas amarillas, rojas y azules, se abalanzó sobre Monsieur Ājar y lo colmó a besos y picotazos suaves por todo el cuerpo

IV.

Monsieur Ājar terminaba el ciclo de un periplo de ida y vuelta hacia no sé dónde y aprovechó para traer sedas a Madame Neuville. Cuando antes del five o´clock, el vahído dieciochesco comunal en los invitados se produjo sobre los sofás, sobre las butacas y sobre las alfombras, con el objetivo de vender en las mentes de los asistentes de forma subliminal, Monsieur Ājar comenzó a mostrar a una audiencia somnolienta estampados de dragones, lotos, nenúfares, ciervos y bosques. La lámpara de araña pareció crujir. Las leves caricias entre los rollos hicieron que todos se derrumbaran en un profundo sueño. Monsieur continuaba recitando las lindezas de las partes pintadas a mano, muy suavemente para no despertarles. La lámpara de lágrimas vibraba cada vez más. Se inició una llovizna de gusanos de seda sobre el salón. Caían sobre las bandejas, divanes y jarrones de porcelana, y sobre la cara de los asistentes. Ājar no callaba. No quería echar a perder una buena tarde de negocio. Cada vez más gusanos caían desde la lámpara e hilaban e hilaban. Los perros pequiñeses de Neuville jugaban al escondite entre los rollos. Los suspiros de Mademoiselle Dalmatie hacían volar los gusanos más cercanos a su boca, alejándolos; otros saltaban al ritmo de los ronquidos de Monsieur Doré sobre su gran barriga embutida en un chaleco canela. Lo que era ya un ejército de gusanos terminó de inscribir sobre el tapiz principal de la sala un mensaje corto y conciso que hizo parpadear como mariposas los ojos de Ājar: "Eres un capullo".

V.

Madame Neuville poseía dentro de uno de sus jardines, uno laberíntico, con muros verdes de metros de altura, e invitó a los invitados a invitarse a adentrase en él. Mademoiselle Dalmatie se adelantó la primera, sola, como poseída por una atracción hacia el centro del laberinto, el resto, repartidos en grupos de dos y tres, charlaban animosamente como si estuvieran profundizando en un terreno ya conocido. Deslizándose por los pasillos que olían unos a gardenias, otros a rosas y otros a lavanda, Mademoiselle Dalmatie, reía, liberada del encorsetamiento de la reunión. Comenzó a desnudarse poco a poco: lanzó el sombrero a una de las fuentes, y ante su asombro y sin ayuda de doncella, en la espalda del corpiño saltaron los botones al aire. Olía a toro: tal apasionamiento debía ser resultado del recuerdo que dejó en ella Monsieur Ājar . Desnuda completamente, bailaba de puntillas al ritmo de un clavecín que no veía, y que aumentaban las ganas de conocer a aquello que fuera que lo tocaba. Guiada por la música y por mugidos, Mademoiselle Dalmatie, percibía como anochecía rápidamente a medida que avanzaba perdida. La luna se posó sobre ella iluminando su rostro, el centro exacto del laberinto y a lo que apareció en escena: Pierrot, el loro mejicano de Madame Neuville.

Autosabotaje/

Cuando casi he terminado de sudar
cerca de alcanzar la meta de oro
con la punta de los dedos, muero
momentáneamente para quedarme
quieto y sabotear el éxito de plata
que los demás saben a qué sabe
y yo no porque quiero siempre
descifrar qué brilla en el intento
de permanecer inmóvil de bronce.