Kentucky Fried Black Chicken

Se dirigió decididamente a aquel restaurante de comida rápida a recoger lo que él creía que sería una compra perfecta. Necesitaba una gallina, pero también quería aprovechar el ritual que iba a aplicarme para luego tener cena. Creo firmemente que se equivocaba con tanta grasa. Herir mi delgadez sería más fácil atacando un hueso de pata de jamón. 

En ningún momento sentí el agobio del rebozado. Como intuí desde el primer momento sus pretensiones, estuve todo el día mordiendo zanahorias, sumergiéndome en ensaladas y mascando tofu. 

Él, embadurnado de patatas fritas pensaba en generarme dolor, pero ese ritual dos por uno le falló. 

No imaginaba el motivo de tal acto de pérdida de tiempo y de cupones descuento. 

Si merecía ese suplicio, esa vergüenza ajena, sería por algo, y pido perdón, pero a esa ave de corral, no al gourmet de pacotilla. 

Cuanto más engordaba él, yo más deprisa corría, cuantas más manchas en su camiseta de Motörhead, más suave la brisa en mi cara. 

Un huesito quedó estancado en su garganta, y yo mientras daba de comer migas de pan a los gorriones.



Cuerpo de ancla

la tristeza es un ancla que se me tiró a la cabeza 

y bajó por la garganta hasta los pies, cada brazo

es una pierna, el ojo del arganeo el tercer, y

la caña la columna y los peces que sois vosotros 

nadan deambulando acariciando con sus crestas

los mapas de mi cuerpo de ancla.

Amantis

Claudine quiso dar una sorpresa, y bandeja en mano, llevó el desayuno a la cama conyugal cuando descubrió al abrir la puerta que su marido se había convertido en un insecto. Pensó que era una excentricidad más de las suyas y mirándole fijamente a sus ojillos negros, apostilló que iría a dar una vuelta a trescientos kilómetros por hora con el Ferrari hasta que se le pasara aquella animalidad transitoria. 

Aún siendo insecto, Paul hizo un esfuerzo extraliterario y balbuceó algo así como que ya que bajaba podía preguntar en el farmacia por algún remedio para lo que le estaba ocurriendo, pero Claudine ya estaba dentro del ascensor, perfilando sus labios de rojo frente al espejo. Iba a tener una cita con su amante, un mes y medio más joven que ella.

Claudine decidió esperarle en la puerta del trabajo. Propusieron visitar la tienda de decoración de su amigo Pascal, y embobada en el asiento del copiloto, no pudo evitar dar vueltas a cómo combinaría una lámpara art noveau con un insecto. 

Paul tuvo una debilidad humana muy rusa: tuvo ganas de jugar a la ruleta. Y aunque en la situación en la que se encontraba todos los números le parecían malos, anheló vestirse y llamar a su mejor socio, que manejaba muy bien los dados. Pero una tristeza crujiente pesaba sobre él, al menos alcanzaba a ver el cielo a través de la ventana: nada superaba los cielos de París, incluso para un bicho como él.

Claudine no dejaba de pensar en Paul. Aun siendo un parásito le seguía pareciendo atractivo. Nunca había tenido las piernas tan delgadas. Pero ¿cómo iba a ponerse ahora los pantalones de pata de gallo que le había comprado hacía una semana, o cómo iba a calzarse si los zapatos le quedaría mil tallas grandes?

Embuída en sus pensamientos entomológicos, después de discutir con su amante ascendente a Ofiuco, y al negarse a ir a comer a un restaurante mejicano, desembocó en el Sena. Observaba las olas marrones en contraste con la misma atmósfera que veía Paul en su encierro invertebrado: gris azulada. Claudine era tan atractiva que todos los chinches de debajo de los puentes querían pegarse a su cuerpo. Le pareció demasiado pedirles consejo. 

El café de la Place rebosaba humo de cigarrillos, y en esa espesura descubrió como su amante amante de los gatos, ocupaba una de las mesas, abatido, convertido en un insecto, intentando atrapar una fajita de pollo, con sus ocho patitas babosas. A Claudine no le sorprendió, se estaba acostumbrando a esas transformaciones, pero entendió la repulsa de las mesas vacías a su alrededor, y se lanzó sobre él compasivamente. Comenzaron a hablar de Mies van der Rohe, eso les pareció amor. 

Pidieron un café y un whiskey y al segundo sorbo, Claudine empezó a convertirse en una mantis. En ese precioso instante, en su cuarto de techo alto y lámpara de lágrimas, y después de mucho esfuerzo, Paul consiguió darse la vuelta y huyó trepando por la pared del hôtel particulier.





EN EL JARDÍN.

cuatro muros verdes como cárcel de contemplación

la barbacoa vacía de carne es un féretro
el zumbido de la depuradora mantra
al columpio no le pesa el bikini todavía húmedo
parece que a las moscas no les gusta las portadas
de las revistas del corazón


lo dulce de las plantas de mis pies sucios de higos dulces espachurrados

los perales preparados para parir globos de gotas gordas
amarillas de compota

han matado a algún pájaro, las plumas cortan el papel azul
del cielo cuando caen

el silencio de las esquinas no rematadas aún con granito ocupan gnomos

insectos como monstruos que destruyen ciudades al microscopio,
las regaderas, teteras por el suelo

sometes las manos dibujando un mapa interior en la hierba
para no expresar lo que sientes

arde de verde y negra la vista al sol, truena hacia las antenas del pueblo, 
a lo lejos, como palmeras después de un incendio.


Paloma Negra

 

Orgullo hinchado de vagabundo

las ratas no tienen esa pluma verde morada 

tornasolada 

aunque te digan lo contrario

qué negro sería carroñear en el centro

del corazón de la tierra
fuera de la independencia de la ciudad

no hay ancianos volando migas

Anónimo y autómata pájaro

puede ser
pero el mimo de los niños

asustándote

a los pies de las esculturas 

de las chimeneas
todo el mundo las conoce

Valiente dejando blanco de cal
el cemento que ha dejado huella 

te odian

pero en la oscuridad del agujero

en la esclavitud de tu polvo

bajas las alas avergonzado 

deseando ser gárgola.

🧊 escultura de carne

Ayer decidí dar una tregua a mis neuras y he despertado con la piel marmórea sintiéndome un Apolo.

Los muslos menos enjutos, llenos de piedras, y los ojos penetrantes, como de buceo en una piscina de chocolate negro. 

Los pómulos de vino rosado y los labios rojos carmesí de calma. La frente blanca Carrara, y un heroísmo de escultura griega de pito pequeño.

Ayer cuando alguien me dijo, eres placentero, decidí dar una tregua a mis nervios, y he despertado con los hombros marcados a cincel.

Los omóplatos como alas brillantes, que reflectan, como dos ventanas de vidrio de un rascacielos que protegen del tiro.

La inquietud de ayer terminó, y he despertado convertido en una bandera blanca.

Mi cuervo trans 🖤🩷

Tengo un cuervo en casa que se llama Paco. Suele posarse encima de la televisión. Él me hace de flamenca. Paco pasa de la televisión a guarecerse detrás del joyero que compré en Praga para enjoyarse en la intimidad. Le encanta. El vecino de enfrente lo saluda cada vez con más frecuencia a través de la ventana y lo llama Cristina. Al cuervo parece darle igual, ya que le proporciona comida, pero se pone nervioso. La verdad duele y te abre los ojos y en su caso, también le divierte. Paco bebe agua en pajita, y ha aprendido a encenderme los cigarrillos vogue y a traerme las pantuflas. Venera mi póster de Marlene Dietrich. Grazna sólo cuando tiene algo importante que decir. Nunca sé lo que es. Pero parece estar feliz a mi lado. Nunca tendrá celos de un agaporni. Ve los documentales de National Geographic con indignación. Se emociona al ver la Catedral de Notre Dame y las películas de Hitchcock. Cuando llego tarde a casa, me espera con un vaso de leche caliente y me da masajes en los pies con el pico. Pinté las paredes de negro, rosa y oro sólo para agradarle. El vecino insiste en llamarle Cristina. Él continúa yendo a su ventana para comer más. Se siente cómodo. Los anillos y las cadenas del vecino deben valer y pesar más que mi cariño, pensé. Pero también vi ofrecerle un gran neceser. Es cierto que dentro de mi joyero ya sólo queda un reloj de bolsillo y unas pulseras de cuero que compré en Tarifa. No es un gran botín. Pero nunca le regaño cuando se come de una tacada todos los granos de maíz para palomitas cuando revisamos Moulin Rouge. Un día, Paco, desapareció durante veinticuatro horas. Intuía donde podía encontrarse. Respeto y respetaré siempre que descubriera su verdadera identidad, sintiéndose plena y en paz llamándose Cristina.

Visión de un gato

He visto a un gato meneando tranquilamente su cola por el Paseo de la Castellana. Parecía un sheriff. Miraba hacia un lado y hacia el otro, hacia la diosa Cibeles y hacia el fantasma de la Casa de América, ajeno a los ojos de los viandantes que saltaban como huevos fritos al verle. Brillaba más que los BMWs. Era más elegante que los collares de perlas que sudaban los cuellos. Las palomas se abrían a su paso como un Moisés felino. Quizás andaba buscando a alguna damisela persa de salón de té presa en una caja de oro. Parecía un rey, ese gato callejero, ausente de tejados, pisando el alquitrán, cruzado de amor y amor y de sexo y sexo. 

¿Cuántos viajes interprovinciales me quieres?
Yo te quiero un viaje a Tokio.
¿Cuántos árboles solitarios?
¿Cuántas entradas para el circo?
Yo te quiero un monólogo de doce horas.
¿Cuántos abrazos de oro me quieres?
¿Cuántos besos de fresa?
¿Cuántos monasterios sobre playas?
Yo te quiero toda la costa del Algarve.
Yo te quiero el trayecto de París a Constantinopla.
¿Cuántas ostras me quieres?
¿Cuánto champán?
¿El mantel de cuántas manos artesanas han cosido estas flores?
Yo te quiero un baño de agua caliente.
Yo te quiero un autorretrato de Durero.

Por mi pulpa

Mi familia pensaba que era un pulpo. Mis reflejos extraordinarios daban una extraña impresión. Pero no lo era. Teletrabajaba y también conseguía preparar un bizcocho que sabía a cielo. Con el rabillo del ojo, tomaba el control de mi oficina conyugal. Mis hijos, Mateo de siete años y Magda de diez, creían que era un pulpo. Sorprendía mi visión periférica. Pero era más bien una capitana de barco en ese conglomerado de apartamentos renovados, espaciosos, oceánicos de mármol. Yo deseaba estar en otra parte, en alguna playa de la costa africana, y quizás, hacer submanirismo. Las madres, trabajadoras y pulpas, también desean estar solas a veces, respirar, y tener un momento de reposo en el cuál poder regocijarse en el amor que se siente por la familia, por el trabajo y por una misma. Quería mantenerme en forma, pero sólo me daba tiempo a utilizar el peso de las bolsas de la compra para hacer músculo. El perro, Dandy, se convirtió en mi confidente cuando dábamos paseos. Mi cabello se volvió un poco más blanco, quizás vi un fantasma, quizás me vi reflejada a mí misma en el espejo. Supuse que me sentaba bien. Jugaba con los niños a la familia Adams. Un día, en pleno ataque de estrés, regando las plantas, mi marido me dijo: quería que fuéramos toda la familia a Galicia de vacaciones, pero como eres un pulpo, nos da miedo que te coman. Pedí el divorcio, tomé un vuelo a Mozambique y en una de sus playas, me convertí en una sirena independiente.