¿Cuántas alarmas pospuestas me quieres?
¿Cuántos libros de Miguel Delibes?
¿Cuántos de Burroughs?
¿Cuántas onzas de chocolate?
¿Cuántas vueltas en la noria?
¿Cuántos paseos por el puerto?
¿Me quieres cuántas puestas de sol?
¿Cuántas siestas bajo el árbol?
¿Cuánto rojo me quieres, cuánto violeta?
Yo te quiero azul.
¿Cuánta penumbra me quieres?
¿Cuántos albaricoques?
¿Cuántas cucharadas de azúcar en el café me quieres?
¿Cuánta plata, cuánto mármol, cuánto cuarzo?
¿Cuántas migas de pan en el camino?
¿Cuántas ovejas?
¿Cuántas gotas de sudor en la cama me quieres?

Peluquería V (Kirk Douglas)

Mi corazón componía un ritmo de taquicardia bastante pegadizo. Sudaba. No iban a cortarme los dientes ni las piernas pero el camino hacia la peluquería se hacía como de paseo de reo. Serían sólo las puntas. El pelo vuelve a crecer. A algunos. El objetivo era animar a los poros capilares. Acercarles a alguien que los entendiese. Apoyar a las patillas en su rebeldía. Que la calva de monje confesase. Al peluquero no le cabía un tatuaje más en los brazos ni en el cuello. Colgaba de la pared una fotografía de estudio en blanco y negro de Kirk Douglas. Al verme en ese estado de nervios cabelludos, el peluquero no intentó calmarme con unas palabras de aliento: me ofreció un cigarrillo. Le dije que no. Me ofreció un puro. Acepté. El sonido de los caminones de carga y descarga en hora punta era ensordecedor. Dejé el puro en el cenicero de suelo cerca de Kirk. Sentía el crecimiento del pelo de la nuca alto, y el ánimo un poco bajo. Mantuvo la raya a raya. El flequillo voluptuoso. Le temblaban las manos, al menos así las panteras negras de tinta lucían en movimiento. Los tijeretazos para aliviar las greñas eran suaves. Me ofreció un vaso de agua. Le dije que no. Me ofreció un café con helado de vainilla. Acepté. Me comentó su deseo de raparme las sienes. Me decepcioné un poco. Me ofreció la posibilidad de elegir entre corte cuadrado o circular. Dudé. Miré a los ojos a Douglas, luego al hoyuelo de su barbilla: circular, le respondí.



DE FUEGO VA LA NOVIA 💥

Era el día de su boda. Y la de su futuro marido también. Pero parecía ser con su vestido con quien se casaba. Tumbado sobre la cama, un poco hundido en la colcha por el peso de los cristales de Svarovski, parecía por fin respirar. El reposo fuera de la rigidez de la percha. Era un día nublado. La novia tenía sueño. Ese momento sería el único en el que estaría sola y decidió echarse una cabezadita junto a su futuro outfit. Lo abrazó. Besó el escote palabra de honor. Tan dulce que quiso que fuera presente y se lo puso como pijama para siesta. Se asemejaba a una serpiente que se introducía de nuevo en su muda. Las nubes que cortaban el ventanal iban cargadas de agua. La intranquilidad de casarse en abril. Un sol resplandeciente como un meteorito reapareció y los Svarovski de la cola comenzaron a hacer de lupa sobre el tul. Los pequeños incendios que se distribuían por todo el vestido hacían centellear y más los cristales. La novia lucía más que nunca. Su cuerpo comenzó a subir de temperatura. Sevilla interior. Pensó entre sueños de anillos de brillantes que tal acaloramiento era consecuencia del apasionamiento, pero el botones ante la alarma tuvo que llamar al 080. Los Svarovski saltaban por los aires como balas, hacían agujeros en las paredes que escribían "en la salud y en la enfemedad". Se abrió la puerta y varios bomberos la apuntaron con sus mangueras. La novia como Juana De Arco arrepentida dijo: sí quiero, agua.

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recuerdo cuando era brillante brillante
y hoy busco quién me hizo oscuro diletante
quizás yo fui el propio culpable quizás
pensé que el candor me daba el derecho
de hacer daño sin pensar en la madurez y
al rebotar y chocar con mi luz exterior
el silencio del perdedor encharcó todo
me quedó esperar cubos que achicaran
el rumor que comenzó a decirme a partir
de ese momento: eras brillante brillante
la sed de poder de infancia te hizo oscuro
diletante

ha entrado brisa por el ventanal
se han secado las lágrimas nada
más brotar
(es como si no hubiese llorado)

El abrazador

Abrió sus brazos quedando el pecho libre para ser abrazado. Avanzó y avanzó a través de la plaza empedrada. Los ancianos sentados en el banco hicieron un esfuerzo por observarlo. Los perros le persiguieron hasta salir por uno de los ojos de arco de la plaza. Continuó por la avenida principal, enlosada. Una mujer pensó que se trataba de su primer amor, pero éste pasó de largo, otra pensó que era su asesor fiananciero y que le daría una buena noticia. Éste no paraba, ni siquiera para comentarles que no era aquel que pensaban. Entró en un centro comercial a pie de calle. Algunos niños se abalanzaron sobre él para abrazarlo creyendo que era un payaso contratado. Los vendedores y vendedoras salían de sus tiendas para investigar el revuelo, y alguno y alguna se arrojaron a sus brazos (no estaba nada mal). Aún así, y aunque se acrecentaba la masa a su alrededor, pudo, gracias al impulso que le obligaba a buscar el abrazo definitivo, acabar con esa situación que le empezaba a resultar incómoda. Pidió al hombre de seguridad que le pusiera la capucha, pero continuaba sin pasar desapercibido porque sus brazos extendidos hacían reaccionar hasta por ejemplo, los pájaros, que le escoltaban para intentar posarse sobre "sus ramas" como si de un espantapájaros se tratase. Intuía pero no sabía hacia dónde iba. La gente quería abrazarle, quería achucharle, quería hacerse fotos con él. Pero su empuje era inevitable. Tuvo que atravesar una aglomeración de turistas: se llevó por delante los sombreros y las gafas de sol de aquellos que eran bajitos. Un cura pensó que quería ser perdonado, pero tampoco funcionó la piedad para detenerle. La policía tuvo noticia de la situación y pensaron en una estrategia: quizás sólo podría frenarle el abrazo adecuado de uno de ellos, vestido de paisano. Éste se dirigía vertiginosamente al parque central, las extremidades superiores en semicírculo, y elpaso de marcha de fondo. Las sirenas sonaban a lo lejos. Las excavadoras que agujereaban la ciudad también. Ante la mirada atónita y curiosa de los cientos de personas que le seguían, se encaminó cada vez más seguro por el bulevar principal del parque. Los que paseaban por allí pensaron que era una maratón y algunos de ellos se unieron. Nadie supo cuál era la meta de aquel abrazo hasta que éste aminoró el ritmo y con una expresión de plena felicidad, quedaron encajados sus brazos en el tronco del roble más longevo.

¿Cuántas coladas de ropa blanca tendidas al sol me quieres?

¿Cuántas coladas de ropa blanca tendidas al sol me quieres?
¿Cuántos largos buceando en la piscina olímpica?
En el fondo pensando en tu forma
Yo te quiero todas estas piedras en el río
Pienso en ti y no hago pie
¿Cuántas margaritas? ¿cuántos padrenuestros?
¿Cuántas hojas? ¿Cuántas conchas en la orilla me quieres?
¿Cuántos espejos? ¿Cuántas vueltas en la cama?
¿Cuántos racimos de uvas? ¿Cuántas máscaras?
¿Cuántas naranjas? ¿Cuántas habitaciones de hotel?
¿Cuántos destellos de neón? ¿Cuántos taxis?
¿Cuántas azoteas?
¿Cuántas malas hierbas arrancadas del jardín? ¿Cuántos
guisantes? ¿Cuántas botellas de agua fría? ¿Cuántas
canas me quieres?
En el fondo pensando en tu forma
¿Cuántos loopings en la montaña rusa? ¿Cuántas pipas
en el banco? ¿Cuántos marcapáginas?
Yo te quiero todas estas arrugas en el jersey.
¿Cuánto confeti me quieres?




☄️🔭



La cápsula nupcial iba tan rápido que los lazos blancos y azul celestial atados a los motores volaban rectos como lanzas. Aura, la mona domesticada, mano derecha del jefe promotor de la agencia de viajes, conducía la pequeña nave mientras comía dátiles de un bote que flotaba en la cabina. Mi mujer iba leyendo una antología de Alejandra Pizarnick. La veía tan concentrada que sentía envidia de no ser poeta para hipnotizar tanto su atención. “Grandes Escritoras Universales”, rezaba la portada. Nuestro destino era una de las lunas de Saturno. De súbito, Aura dejó de masticar como un caballo hambriento y un silencio atronador vació por completo la cápsula. Eso no era una buena señal , siempre era tranquilizador escuchar de fondo los ruidos del fuselaje al rozarse y hasta hace un instante, la monotonía del sonido de las hojas de poemas al pasar. Para enfrentar ese silencio supersónico, se interpretó en directo desde la tierra, “Una barca sobre el océano” de Ravel, por el pianista que habíamos contratado para amenizar el viaje. Pero intuí que ese sería la banda sonora para el fin: de la luna de miel, de la cápsula, de mi matrimonio. -Suba más el volumen- dijo Clara. Parecía no percatarse de la gravedad, del problema. Sentía que la situación iba a peor, acrecentado por la pasividad de mis co-tripulantes. Un tubo transparente lleno de un líquido viscoso e incoloro atravesó lentamente  el cristal que nos separaba de la cabina donde  Aura pilotaba. –Cariño, ¿ves este tubo?, -Sí, cielo-. Aparecieron dos líneas de gelatina roja flotando dentro del líquido como en una lámpara de lava. La televisión de pantalla plana en la que hasta ahora se proyectaba un documental sobre gorilas, quedó en blanco y ya no supe con qué preocupación ponerme más nerviso. A lo lejos Saturno mostraba sus anillos. La pantalla mostró una ecografía.  –Éste es Alejandro.

🔴🔴🔴

Estando en el Infierno me dijeron: - te hemos comprado un billete para el cielo. No te podemos tener más aquí. Has sido seleccionado por concurso-oposición a dedo. Yo no me había presentado a nada. Simplemente llevaba siglos jugando al póker en el tasca, pasando desapercibido entre el humo. –No queremos gente con una maldad y una perversidad tan impostada, queremos malos reales. Suponía eso separarme de mi mejor amigo, Oliver. Era un chico brasileño de las favelas, dormíamos en el mismo colchón de pinchos. – Quiero ver a Satán personalmente. – No es posible. Está supervisando la producción de una película de Lars Von Trier. Tomé el billete. –Eres bueno, se te ve en los ojos, ese ha sido tu problema. Durante los últimos años había estado maquillándome con kohl. Me ponía una máscara de ceniza todas las noches. La puerta del Infierno se abrió para mí, era una reproducción de una Puerta de Babilonia. Oliver se acercó y me regaló su tridente como recuerdo, dedicado a fuego. No quise recoger mis cosas. No tenía apenas . En la puerta de embarque a la cápsula que me llevaría al cielo, los primates que hacían de azafatos me dieron una bolsa con todo lo que necesitaría en mi destino: un halo, una espada, papel, boli y un antialérgico para las flores del paraíso. 🔴🔴🔴

🦇🌈🦇 (desierto)

Dentro del coche la luz era infrarroja. Alberto llevaba unas gafas moradas. Fuera, el desierto propinaba golpes de viento amarillos contra los cristales. El cielo era azul o negro. No había estrellas plateadas. Nos dirigíamos a un oasis dorado. No estaba acostumbrado a ir de copiloto en el Audi Q8 naranja, pero Alberto se puso púpura de furia al proponerle lo contrario. Reía, reíamos. Eran verdes nuestras risas. Al bajar del coche, advertimos sombras marrones: los coyotes se reunían alrededor del oasis. Bebimos junto a ellos el agua violeta. Comimos escorpiones grises que Alberto capturó. Todo era de un romanticismo carmesí. Quería a Alberto como la mezcla del blanco y el rojo. Sacó una rosa fucsia, era preciosa, estaba llena de espinas enormes como colmillos. Montamos de nuevo en el coche y atravesamos el desierto a setecientos kilómetros por hora mientras amanecía. El cielo era turquesa, el sol, ámbar. Atajamos a través del agujero de gusano que nos llevaría directamente hasta el subsuelo de la Plaza de Notre Dame.