No soporto estar en la oficina sentado en esta silla rodante donde apoyo mi columna arqueada y tensa viendo como mi corazón sale despedido todas las mañanas por la ventana del vigésimo piso de la Torre Picasso. Menudo cuadro de Pollock voy a pintar, será divertido y todo se llenará de sangre eléctrica. Las caras de algunos de mis compañeros que fuman en la puerta vagueantes y que charlan sobre sus vacaciones en Vietnam y que presumen sobre la calidad de las sedas de sus corbatas, hoy gritan ahora bajo lo líquido de mi corazón volante en forma de patata palpitante, un tubérculo rojo que impacta sobre la cara de Karina, 54 años, recepcionista voluptuosa y arrogante, madre de dos niños, y de Paula y Jorge, insoportables y asfixiantes coordinadores del departamento de cuentas. María, la jefa de compras, se ha manchado el vestido falso de Custo y a pesar de que el verde de sus ojos combina a la perfección con el oscuro coágulo de sangre, el resto de secretarias que corren despavoridas taconean sus volantes de esas faldas de verano estampadas y horripilantes cuando llaman a la policía, y mientras espero sin corazón mi descanso de treinta minutos para comer, pienso que de ésta me despiden. Sin corazón en el pecho, bajo en el ascensor en un silencio renqueante y me dirijo al policía balbuceante: "Demasiado contorsionismo de oficina".
Juan Dando ha muerto. Larga vida a Juan Dando.
Juan Dando ha muerto. Sucedió a las 11:15 de la mañana del miércoles 2 de julio del año 2059, en su cama, en su pequeño cubículo en un catorceavo, lo más cerca del cielo que pudo. Murió sólo pero en paz consigo mismo y con los demás. Tenía 76 años. Una hora antes del último suspiro, su amigo César le había estado llamando por teléfono para proponerle dar un paseo y tomar un té. Pero a Juan, aturdido y concentrado en su desvanecimiento y en una respiración cada vez más lenta y punzante, le pareció imposible balbucear nada. Ya suspirado y mullido completamente, el teléfono sonó de nuevo, y el tono chirriante formó una extraña sinfonía con los papeles del escritorio que volaban por el viento que entraba por la ventana abierta. A causa de una ráfaga un poco más fuerte, la cafetera Bialetti que le servía de modelo para sus collages, cayó de lado y derramó lentamente su contenido marrón al suelo hasta formar un charco. Un gorrión entró en la escena y bebió de ese charco. Juan nunca había estado tan guapo, en calma. Volaron también gracias a esa pequeña brisa huracanada trozos de naipes, del periódico del día anterior y de postales de la ciudad de Lisboa. El teléfono quedó mudo y al segundo César volvió a insistir. Juan había diseñado su última cafetera sobre un mapa de Madrid. Quizás fuese la número mil. De repente, entre el silencio, "algo" encendió la radio que era ya más que una reliquia, y sonó el lamento de Billie Holiday. Los calcetines secos de la colada pendiente empezaron a emparejarse solos, y las piezas del joyero (collares, anillos) estaban siendo distribuidas por el suelo como un caminito de migas de oro. Cuando con la ayuda del portero del edificio César abrió la puerta y llegó al estudio, la temperatura bajó de golpe y sintió un abrazo. Observó como comenzaba a lloviznar en el exterior y un gran arcoiris cruzar el horizonte. César arropó dulcemente a su amigo y quedó revolviendo también dulcemente los cajones donde Juan guardaba sus escritos y dibujos, y mirando de vez en cuando a ese arcoiris que iba diluyéndose gradualmente, ese algo, el otro Juan, tomó el ascensor y no se vio reflejado en el espejo. Tranquilo, bajó a la calle sonriéndole a todos y cada uno con los que se cruzaba, a todos a los que atravesaba sin chocar. Por fin, siendo consciente de su nuevo estado, estado de invisibilidad, tuvo la tentación de lo evidente: ir al centro comercial. Pero lo inservible de la situación fantasmal invitaba a otra cosa. Visitar a los que le quedaba cosas pendientes por decir, quizás bromear con otros dentro de sus sueños y ver amanecer eternamente mientras bailaba en espíritu por los tejados. Juan Dando fue incinerado y sus cenizas esparcidas junto a un castaño de indias en el Parque Atenas de Madrid.
Salí de casa con el objetivo de que un policía me detuviese
Don Don
PETITE MORT por Juan Dando
Reflejo
Soy el yo más puro, sucio de polvo y arena
No se le escucha encerrada su voz en la prisión de cristal, tiene una puerta abierta de carne, de portillos de arterias y chimeneas de sangre.
Mi reflejo es más guapo que yo, sus ojos parpadean infinitos, sus movimientos de luna son más elegantes.
Bailarín bidimensional, que salta y permanece sentado.
Mi reflejo es mi hermano gemelo involuntario. Siempre viste mejor porque sus camisas son de vidrieras.
No es que sea mudo. Puede hablar con el sol, sombra mirador, los vecinos creen que soy yo, yo.
Inconsciente espantapájaros, la gaviotas le respetan porque saben que sus heces no calan, ni sus gritos perturban y si quisieran beber de su té chocarían.
¿Cuál de ellos se llama Juan y cuál de ellos se llama Juan?
Su ducha en la mañana es el centelleo de rayos y su jabón Cristasol.
Quizás sea su padre abertura, quizás sea yo hace trescientos años.
Frente al jardín interior riego pensamientos, hay un bonsai que parece aún más pequeño.
Mi reflejo huele a cordero, el tacto de mis manos mientras observo a oro.
Su cabeza es una trampilla por la que salgo, su corazón un azulejo que abrillanto.
Mi perfil evidencia la paz de la voz de la familia que llama a poner la mesa, la huída del plano, la guerra que comienza con el vermú frente a una pared completamente blanca.
Diarios de Toulouse. Cafeteras de papel. Cafetera #1☕
Siempre tenía clases por las tardes. Las mañanas libres como un pájaro. Compartía piso con una chica colombiana y una chico coreano adinerados. Yo me decía, yo soy adinerado en creatividad. Algo también compartíamos, la cafetera XXL de la cocina. Ellos también tenían clases por la tarde y eran libres, pero yo era el primero que me despertaba. Una mañana de noviembre, ante el abatimiento de la espera en que surgiese como un volcán el café, me hice durante esos minutos de papel escolar y un rotulador negro y sobre un mapa de Toulouse, y con la nevera como único profesor observante de dibujo, tracé mi primera cafetera de papel. Y así cada mañana, y luego así también casi durante los últimos diez años. Sin elegirlo desarrollé una serie para poner a prueba mi imaginación. Esos primeros albas, y tras los sorbos de droga blanda, me dirigía a paso de monje despierto o militar cansado a mi templo: La Mediatheque. Nunca he sido tan culto. Por las orejas y el corazón toda la discografía de Françoise Hardy, por los ojos y el estómago la filosofía de Michel Foucault. Cada amanecer dibujaba cafeteras, escuchaba y leía. Después de la clases de francés observaba atardecer sobre el río Garonne.
Diarios Toulouse. Café sobre café (París-Brest)🍰
De verdad que me fue casi imposible encontrar aquella pastelería. Pascal pensó que el hecho de que llegara tarde era una muestra de desinterés. Si en otra vida hubiera estado reencarnado en la Edad Media probablemente hubiese llegado zigzagueando como un zombie apestado a tiempo, pero parece ser que estuve más bien reencarnado en guillotinado y llegaba tarde al cadalso en París. El plan era degustar un París-Brest. La pastelería estaba a rebosar. Al llegar, ya sentado, ya enfadado, Pascal ya había terminado su merienda. Ni Google Maps pudo ayudarme. Me disculpé y no las aceptó. Aún así me animó a pedir el dulce. Me colé. El camarero me sirvió el café demasiado frío como de pronto mi temperamento. No hablamos. Me observaba con sus ojos verdes de perro pastor, cómo masticaba, cómo la nata hacia que disfrutaran mis mejillas. Él no tenía más tiempo, tenía que reparar su bicicleta. Nos despedimos para siempre aunque no lo sabíamos. La digestión del París-Brest la pasé en la librería Ombres Blanches. En su jardín tomé otro café, esta vez caliente. Café sobre café.
Cumpleaños
Pensaba que era un abrazo multitudinario pero era una fiesta de cumpleaños en la que iban a soplar las velas sobre mis huesos de tarta. Brasas de mi carne. Nunca mi piel estuvo más marmórea y mis labios más rojos de público. En el proceso no pude pensar en ti. Fui egoísta pensé en mí. En la epidérmica del telón del dolor. En el protagonismo del tumulto carmín de la muerte halagando un año menos. La venganza de la felicidad desde el cielo, son mis mejillas rosas las que quieren ser besadas de rabia.












