Lisboa: Hamburguesa de 1995 euros

Conocí a un chico por telepatía. Era un poco burgués. Vivía en casa de sus padres. Un palacete desvencijado y que se caía a trozos cerca do Jardim da Estrela. Los pasillos entre las plantas y los cuartos estaban llenos de libros polvorientos acumulados. Todo el palacete era como un enorme trastero. El trastero de una pareja de anticuarios. En aquella época, yo solía ir a Lisboa una vez al mes. Lo suficiente para mantener algo parecido a una relación sentimental intermitente. Una relación en la que no paré de estornudar. Este chico también era polvoriento. Mi bisabuela había nacido en un castillo pero la generación familiar a la que pertenezco habíamos sido criados en ambientes asépticos y sin haber estado expuestos a corrientes de de polvo interior, aún como vampiro, no estoy vacunado naturalmente contra la suciedad. Mis ojos rojos no eran por necesidad de sangre sino de sintomatología alérgica. Él, creo, que sospecha algo, pero le es más cómodo no hacer preguntas y a mí no dar explicaciones. Aunque cualquiera de las dos razones le serían desagradables.  

Hola, achís, te quiero, achís, dos caldos verdes, achís. 

Uno de esos días, me invitó a comer a un nuevo restaurante. Quería probar la nueva hamburguesa del chef. Una de las más caras del mundo. Su precio era 1995 euros. Yo sólo llevaba dos cientos años ejerciendo. Él me dijo que era una demostración de amor y que tuvo que vender algunos juegos de candelabros de plata de sus padres y algún arcón antiguo de madera para invitarme. 

Gracias, achís. No era necesario, achís. ¿Tengo que ir elegante? Achís.

Yo siempre iba con chorreras y gafas moradas. Considero que siempre iba elegante. Pero me dijo que no. Por lo que opté simplemente por ponerme una gorra de los New York Knicks, unos pitillos de ZaraxGalliano y mi capa roída de Seseña. 

Era un restaurante americano. Le pedí al camarero si la carne de la hamburguesa podría ser muy poco hecha, cruda, lo más sangrante posible. Para mi sorpresa, al camarero no le sorprendió. Puede que estuviese acostumbrado a tener varios clientes de mi calaña pidiendo de aquella manera. El lugar estaba tan limpio que no daba lugar a un ácaro. 

Yo ese mediodía estaba muy nervioso. Por todo, queriendo decir en realidad por nada. Porque no sentía nada y tenía ganas de sentir más allá de los estornudos y las fosas nasales acuosas. Fui al cuarto de baño y me crucé por el pasillo con una chica pelirroja que me guiñó un colmillo. 

Volví a la mesa. Mi palidez no era debido a mi condición de inmortal, sino a las nauseas. Las nauseas no eran debidas al exceso de cebolla caramelizada sino a echar de menos la carne de rata.

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